-Tengo experiencias de taller literario que para mí fueron buenas, con Marcelo Scalona y Pablo Ramos. Me sirvió para ver qué hacían los demás, para compartir y después hay un momento en que, como dice Stephen King, hay que cerrar la puerta, y darle a la lapicera. Mis libros responden, como yo digo, a cuestiones espirituales en el sentido amplio. El primer libro ‘Llueve sobre los rieles’ es sobre el campo y lo que fue el corte del país en dos, en 1955. Para la solapa del libro Suárez Messia, el fotógrafo, me hizo unas fotos enfrente de la Catedral y me decía: “a ver, ponete acá, fíjate ahí, a ver que te da el sol”. Y le digo: “loco, me siento Dolores Barreiro”. Para ese libro, me inspiré en un personaje real que fue el ingeniero Baigorri, el hombre que hacía llover. Lo llamé Antonio Bruschi, y lo coloqué en medio de una sequía enorme que fue la más importante del siglo y alguien que hace llover en medio de ese panorama, adquiere cierta importancia. Del segundo libro, ‘La montaña de la noche’, dice Beatriz Vignoli que es una memoria. Como les pasa a muchos escritores, cuando Beatriz hace las críticas, uno descubre cosas de su libro que no sabía. En la ficción a veces hay que mentir para poder decir la verdad y una vez que el verosímil está establecido, vamos para adelante. O sea, si yo planteo una ciudad del futuro, ya hay un verosímil y si baja alguien volando, está dentro del marco; ahora, si yo te digo que eso pasó como una crónica periodística me dirán: “flaco, ¿qué te pasó, fuiste a la sierra y tomaste hidromiel?” El libro trata sobre una travesía en las sierras de Córdoba, en el Uritorco, en la zona de las Gemelas, a partir de un hecho que ocurrió en 1986, con una mancha muy grande en el Cerro Pajarillo. El viaje real fue con mi amigo, Claudio Miletti, que durante 20 años se lo conté a todo el mundo y un día me propuse escribirlo, porque desesperaba por contarlo con lujo de detalle. El último libro ‘Viaje a la luna’, surge de la muerte de mi madre. Empecé a escribir las primeras notas, unas contratapas para los diarios como una desesperación al olvido. Cuando uno tiene una pérdida grande desespera en los recuerdos, la voz, las anécdotas, las cosas compartidas. Hay como un registro íntimo de esa cuestión, pero para que lleguen a la literatura, tiene que crearse cierto carácter universal y que alguien pueda identificarse o pueda percibir que eso le habla desde algún lugar. Fue invalorable la ayuda de la poeta Julieta Lopérgolo. En aquel dolor del duelo leí su libro que se llama ‘Para qué existe esa isla’, donde habla más metafóricamente que yo y en otro registro, sobre la muerte de su padre. Hicimos clínica del trabajo durante un año y en un momento determinado lo terminé. Fue una experiencia que me permitió explorar un registro de poesía narrativa. Tengo esa cuestión paradójica de creer que la narrativa me sale poética y la poesía me sale narrativa. Hay que ver dónde está el límite también, ¿no?