Siete hermanos. Viven en un mandato hegemónico-patriarcal que, en alguna escena, se atreven a cuestionar. Siete hermanos: Teresita, Amalia, Azucena, Quique, Estela, Sofía y Cato. Cinco hermanas y dos hermanos. O cinco hermanas, un hermano y un interrogante. Por esa grieta de la duda -o la sospecha- hace fuerza y se cuela el lenguaje fragmentario, la intriga telenovelesca, la trama-drama. Cobran relevancia sectores de la casa-libro que hacen a la rutina del relato, que acostumbran al oído lector y generan espera y fidelidad (más que ansiedad): lo que escribe Amalia en su diario, ya se dijo, y lo que (¿)piensa en voz alta(?) Azucena desde la cocina. Esos inserts que se acoplan (pensando en lo que significa un acople como herramienta y, a la vez, como perturbación del sonido) son como “paréntesis importantes”, desliza la autora. “El diario tenía que tener una presencia muy fuerte porque Amalia cuenta del cine, de la novela, de los novios... Azucena también habla de moda y de actrices. La cocina es su mundo, el lugar donde puede desplegar tanto su saber culinario como su fantasía. Y esa es la energía que ella pone en las recetas que prepara para agasajar con su comida”.