El amanecer en el Portal del Humedal de Jaaukanigás es indescriptible. Hay que ir a vivirlo. En un intento estéril de aproximación a contarlo se puede decir que la cabaña en palafito que cobijó a la delegación asoma al este junto a un brazo del río con un balcón de madera en el que el humito del primer mate se confunde con el del humedal en el horizonte, contra un rojizo sol que asoma y entibia la piel. El ambiente está lleno de pájaros. Sus cantos en la quietud.


































