No es una “isla paradisiaca”, como promete el Gobierno de Daca, pero quizás tampoco el “infierno inhabitable” que evocan algunas oenegés reacias al traslado. Es un retazo de Bangladesh, sujeto a inundaciones y tifones. Como otros. Es, también, una ratonera, concebida para dificultar la integración de los que se parecen como dos gotas de agua. Y para mantener abiertas las opciones de repatriación o de acogida en un tercer país.































