I
El inesperado e inexplicable ataque en una escuela desafía las nociones de seguridad y normalidad en un pueblo acostumbrado a la tranquilidad cotidiana.

I
Un crimen nunca nos resulta indiferente. La muerte gratuita de un adolescente nos consterna y si la muerte se perpetra en una escuela a la consternación se suma el dolor y algo más que el dolor: el asombro, el miedo, tal vez el horror.
Todas estas sensaciones nos atravesaron cuando el lunes a la mañana, cuando apenas se insinuaban las luces del día, un joven de quince años ingresó a la escuela armado y comenzó a disparar contra sus compañeros de clase.
Esto sucedió en San Cristóbal, un pueblo, una ciudad de unos quince mil habitantes ubicada en el norte de nuestra provincia. Un pueblo que de pronto adquiere notoriedad por una tragedia cuyo rasgo singular es su imprevisibilidad, su desgarradora singularidad.
Se supone que un adolescente no asesina como un Rambo desquiciado, los crímenes suelen ocurrir en otras partes, pero nunca en un pueblo pacífico y mucho menos en una escuela. Puede que una persona mate a otra. Se dice que los motivos de un asesino suelen ser el dinero, el amor o la venganza. Sin embargo, lo que nos desquicia es el crimen sin causas, sin las causas que hemos admitido como válidas.
Cuando esto ocurre, todas nuestras modestas seguridades se derrumban. La vida, la juventud, la familia, la escuela, todos aquellos lugares que tácitamente hemos convenido en considerarlos sagrados, fueron avasallados. Cuando esto sucede los fundamentos de una sociedad se sacuden, se agitan, se conmueven.
II
Ante estas tragedias "absurdas", la tentación por las determinaciones simplistas son inevitables. Estamos acostumbrados a que lo ocurrido siempre responde a causas lógicas, previsibles, hasta razonables. Nos negamos a convivir con lo imprevisible, lo insólito, incluso lo horroroso. Se habla de la locura de los tiempos que corren o del contexto social violento.
No faltan los que incluso responsabilizan de lo sucedido al capitalismo, al neoliberalismo o, para no irnos tan lejos, al gobierno. Falso. Si el contexto social y económico, con sus secuelas de violencia y pobreza, fuera el responsable, estas calamidades ocurrirían diariamente en el Conurbano, por ejemplo, donde todas las llagas de la sociedad están en carne viva.
Pero esto pasó en San Cristóbal, un pueblo que, como todos los pueblos de estos pagos, viven sus acuerdos y discordias sin necesidad de derramar sangre. El asesino -de alguna manera hay que denominarlo- es considerado por los vecinos como un chico normal.
Un adolescente normal que, como todo adolescente, puede ser introvertido, puede tener reacciones violentas, puede tener dificultades de adaptación. No conozco ningún adolescente de ayer o de hoy que no haya atravesado por esos dilemas existenciales, sin embargo, en esa inmensa multitud, hay uno a quien esas carencias lo precipitan al crimen.
La víctima, el chico muerto que iniciaba el ciclo secundario, es probable que no haya conocido a su verdugo, pero en todos los casos no fue el que le quitó la novia, el que lo humillaba en público o el que lo intimidaba. Ian es un inocente absoluto. Su muerte no responde a ninguna causa probable. Estaba en el lugar equivocado sin que ni él ni nadie supiera que ese era un lugar y un minuto equivocado.
III
Un dato entre tanta confusión merece registrarse. Cuando comenzó la balacera, estudiantes y profesores corrieron despavoridos o se refugiaron donde se consideraban a salvo de la maldición que parecía precipitarse del cielo. Previsible. Una escuela de la provincia de Santa Fe no es la Franja de Gaza, Teherán o Kiev.
Un profesor, un estudiante no están preparados para reaccionar ante una violencia que se precipita sin anunciarse. Creo que a decir verdad, nadie está preparado. Sin embargo, el enajenado que disparaba escopetazos, cargaba nuevos cartuchos y volvía a disparar, en algún momento (estamos hablando de escasos minutos) es reducido.
Sin exageraciones podemos hablar de un héroe o, simplemente, de un hombre que en medio del pánico conserva la calma, arriesga su vida y controla a esa desencajada máquina de matar. No deja de ser sugestivo que este héroe anónimo sea el portero de la escuela.
No creo exagerar demasiado si sugiero, por lo tanto, que merece destacarse que un representante de la institución escolar, un portero, tal vez jerárquicamente el más modesto, pero también -a juzgar por los hechos- el más capacitado para decidir de manera eficaz en medio de la emergencia, haya reducido al asesino y por lo tanto, haya salvado unas cuantas vidas. Fabián Barreto, se llama.
IV
Como en los relatos de Franz Kafka -pienso en "El Proceso"- Ian murió condenado por una causa de la que nunca tuvo conocimiento. Y como vuelta de tuerca, el asesino tampoco sabe o supo del motivo de su decisión. Lo que más sorprende en estas tragedias, es la condición de "normalidad" de su protagonista.
No estamos ante un marginal, un tipo con visibles problemas de conducta, incluso ante un rebelde que desafía a las autoridades del colegio o del pueblo. Todos coinciden en describirlo como "un buen chico". Conducta normal, rendimiento escolar normal, inserción social normal. Ocurrida la tragedia aparecen algunas observaciones.
"Era retraído", "sus padres estaban separados", "alguna vez tuvo actos agresivos". Opiniones con el diario del lunes. Todos los adolescentes "adolecen". Todos son algo introvertidos, algo agresivos, algo delirantes. Todos alguna vez se rebelaron... o contra sus padres, o contra sus profesores, o contra el comisario del pueblo, o contra ellos mismos.
A todos les cuesta construir su identidad y muchos, muchos, alguna vez hasta acariciaron la tentación del suicidio. Sin embargo, a nadie, o a casi nadie, se le ocurre una mañana de lunes de fines de marzo, levantarse, tomar la escopeta del abuelo con sus cartuchos, esconderla en la mochila, ir al colegio y empezar a los tiros.
¿Por qué pasó? No hay manera de saberlo. Tampoco de impedirlo. Inútil echarle la culpa a Carlos Marx, a Thomas Hobbes o a Nicolás Maquiavelo. Inútil responsabilizar a Javier Milei, a Maximiliano Pullaro, al intendente, al rector del colegio o al comisario. Las tragedias no serían tales si no fueran imprevisibles e inevitables.
V
San Cristóbal, ese pueblo que alguna vez fue un pujante centro ferroviario, ha sido golpeado por una insólita tragedia, una de esas tragedias que duelen, que dejan marcas, tragedias que para una generación nunca podrá olvidarse. Lejos de cualquier falso optimismo, puedo permitirme decir que San Cristóbal curará sus heridas.
El posible brote psicótico de un adolescente extraviado, esa ola de violencia inesperada y teñida de sangre, jamàs será olvidada, pero el devenir de la vida en estos pueblos que se forjaron en tiempos duros con los esfuerzos cotidianos, con la templanza, con el heroísmo invisible de la cultura del trabajo de criollos e inmigrantes, logrará sobreponerse al dolor, la fatalidad, la desgracia.
De todos modos, el "absurdo" sacrificio de Ian, de ese niño que apenas alcanzó a atisbar la maravilla de vivir, teñirá con pinceladas de gris el paisaje.




