Ser raro. Dos palabras que en la adolescencia pueden sonar como condena. El aula se convierte en una arena silenciosa donde el grupo dicta las reglas sin escribirlas, donde lo uniforme tiene más valor que lo auténtico. Allí, ser distinto duele. El raro es el que se viste diferente, el que se queda callado cuando todos gritan, el que se atreve a leer en vez de jugar, el que no entra en las bromas compartidas, el que sueña en otro idioma.



































