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Todos somos raros

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Domingo 1.3.2026
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Rodrigo Agostini
Por: 
Rodrigo Agostini

Ser raro. Dos palabras que en la adolescencia pueden sonar como condena. El aula se convierte en una arena silenciosa donde el grupo dicta las reglas sin escribirlas, donde lo uniforme tiene más valor que lo auténtico. Allí, ser distinto duele. El raro es el que se viste diferente, el que se queda callado cuando todos gritan, el que se atreve a leer en vez de jugar, el que no entra en las bromas compartidas, el que sueña en otro idioma.

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Ese distinto suele ser señalado con apodos que hieren, con risas que parecen juego pero que son golpes invisibles, con un silencio que aísla. En esa edad donde todo parece definitivo, donde cada mirada de los otros se vuelve espejo cruel, ser el raro puede sentirse como estar al borde de un precipicio. La adolescencia está hecha de pruebas constantes: pertenecer o no pertenecer, encajar o quedar afuera. Los adolescentes, sin saberlo, buscan en la uniformidad una protección contra sus propios miedos.

El distinto les devuelve la fragilidad que ellos mismos intentan ocultar. Por eso el raro es objeto de burla: porque incomoda, porque es espejo, porque muestra lo que los demás no quieren aceptar. En esa dinámica, surge el bullying: una violencia disfrazada de juego, de ironía, de supuesta inocencia. Una violencia que lastima, que se queda en la memoria mucho más allá de los años escolares, que deja cicatrices en el cuerpo invisible de la autoestima.

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Y sin embargo, esas cicatrices son las que más tarde nos enseñan a mirar distinto. Una abuela puede tener la claridad que el adolescente no. Cuando uno pregunta: "soy raro, ¿no?", la respuesta sabia llega sin titubeos: "sí, igual que todos nosotros". Porque lo humano está hecho de rarezas. Nadie encaja del todo, nadie es enteramente uniforme. Lo que pasa es que en la adolescencia todavía no aprendimos a celebrarlo. Entonces ser raro se vive como una condena, cuando en realidad es un destino compartido, aunque cada uno lo niegue por miedo a quedarse solo.

En esos pasillos de secundaria se fragua gran parte de lo que después nos acompaña toda la vida. La risa burlona en el recreo, el gesto cómplice de un compañero que nos evita, el papelito con un insulto escrito en letras grandes, son pequeñas piedras que se acumulan en el bolsillo del alma y que hacen más difícil el andar. Hay quienes deciden callar para no ser lastimados, quienes se esfuerzan por disfrazarse de normales, quienes aceptan esconder sus gustos para no levantar sospechas. Y hay quienes, pese al dolor, insisten en permanecer fieles a esa diferencia que los define. Esos suelen cargar con la mayor soledad, pero también con la semilla de la autenticidad.

Lo raro incomoda

Lo raro incomoda porque desnuda la fragilidad del grupo. Un chico que prefiere la música a la pelota, una chica que sueña con ser científica en un aula donde todas hablan de moda, un adolescente que escribe poesía en un mundo que idolatra la ironía, todos ellos son espejos incómodos. Y el bullying aparece como mecanismo de defensa del grupo, como forma de expulsar lo que revela demasiado. Michel Foucault nos enseñó que las sociedades construyen sus normas definiendo lo que expulsan, lo que consideran desvío.

El raro en la adolescencia es el desvío necesario para que los otros se sientan seguros en su aparente normalidad. Lo trágico es que ese mecanismo de exclusión no se percibe como violencia, sino como juego. Pero los juegos también matan la alegría de quien queda afuera. Hay una paradoja que solo se entiende con los años. Muchas de las personas más creativas, más libres, más inspiradoras de nuestra cultura fueron los raros de sus aulas.

Franz Kafka, aislado, dibujando un universo incomprensible para sus pares. David Bowie, señalado por sus modos excéntricos antes de convertirse en ícono. Julio Cortázar, extraño en un colegio argentino, desbordado de imaginación. Luis Alberto Spinetta, el flaco raro que hablaba de cosas que nadie entendía hasta que todos lo siguieron. Todos ellos cargaron con esa diferencia que primero fue burla y luego se transformó en visión. Quizás por eso, al mirar atrás, podemos leer las risas crueles como el primer capítulo de un destino más grande.

Cicatrices del bullying

Las cicatrices del bullying no desaparecen, pero se transforman en mapas. Allí donde nos hirieron se abre un surco que más tarde se llena de sensibilidad. Esa herida nos permite reconocer el dolor en otros, ser capaces de proteger a quien viene detrás. Cuando un adulto ve a un niño aislado en el recreo y siente la urgencia de acercarse, casi siempre habla la memoria de sus propias cicatrices. Ser raro no es solo experiencia personal: es una herencia ética, un llamado a cuidar la diferencia en los demás.

Hay, además, un aspecto íntimo en ser raro que es irreemplazable: el encuentro con uno mismo. Los que aprendieron a sobrevivir en la adolescencia como raros saben lo que significa ser su propia compañía. Allí donde la burla expulsaba, nació una forma de refugio en la soledad. Esa soledad, que parecía castigo, más tarde se vuelve laboratorio de ideas, de sueños, de proyectos. Sin ese desierto inicial, quizás nunca hubieran aparecido las voces más potentes.

Hannah Arendt hablaba de la importancia del "retiro interior" como condición para pensar libremente. Los raros aprendieron, a la fuerza, ese retiro. Por eso sus pensamientos suelen ser más originales, más propios, menos domesticados. La adolescencia, sin embargo, no ofrece consuelo a tiempo. Quien atraviesa esas burlas no puede sospechar aún que está cultivando una fuerza. Solo con los años, al mirar hacia atrás, se entiende que aquel dolor era también semilla. En el presente del aula, el raro solo siente el frío de la intemperie.

Allí radica la injusticia: que el futuro sentido de la rareza no puede aliviar la herida del presente. Por eso, creo que es urgente que los adultos no desestimen el dolor adolescente, que no lo reduzcan a "cosas de chicos". Porque en esas "cosas de chicos" se juegan vidas enteras, identidades que pueden quebrarse o florecer.

Una forma de resistencia

Quien fue raro en la adolescencia sabe también que nunca se deja del todo de serlo. La adultez no borra esa condición, solo la resignifica. Lo que antes fue condena ahora es estilo, lo que antes fue burla ahora es reconocimiento, lo que antes fue aislamiento ahora es libertad de elegir los propios caminos. Pero aun en la adultez, ese raro carga con cicatrices que lo vuelven más vulnerable y más fuerte a la vez. Vulnerable porque recuerda el filo de la burla, fuerte porque aprendió a resistir.

Ser raro es, en definitiva, una forma de resistencia. En un mundo que insiste en moldear a todos por igual, el raro se atreve a ser diferente. Esa diferencia no siempre se elige: muchas veces se padece. Pero en algún punto de la vida llega el momento de abrazarla como don. Lo que en la adolescencia fue herida, en la adultez puede ser testimonio. Lo que antes fue burla, ahora puede ser relato para otros. Lo que antes fue soledad, ahora puede ser libertad.

Quizás por eso la respuesta de la abuela resuena con tanta verdad: "sí, sos raro, igual que todos nosotros". Porque en el fondo todos lo somos, aunque algunos lo oculten mejor. Y la tarea no es borrar esa rareza, sino aprender a vivirla con dignidad. Las cicatrices, lejos de ser vergüenza, son señales de que atravesamos el fuego y seguimos en pie. Ser raro, entonces, es aprender a caminar con esas marcas y convertirlas en brújula.

Y cuando uno logra mirar su propia rareza sin miedo, algo cambia. El raro deja de ser víctima de la burla para convertirse en guardián de la diferencia. Deja de pedir permiso para existir como es y empieza a mostrar que en esa diferencia está la riqueza de lo humano. El raro se transforma en maestro, porque enseña con su vida que no hay que temer a ser distinto. En ese gesto, se rompe el círculo del bullying: la burla pierde sentido cuando la rareza se vuelve orgullo.

Así, lo que comenzó como condena en los pasillos de la adolescencia se revela como destino luminoso en la adultez. Ser raro no es un accidente: es una forma de estar en el mundo. Y aunque duela en sus comienzos, ese camino áspero, lleno de cicatrices, nos conduce a la autenticidad, a esa libertad que solo se alcanza cuando uno se atreve a ser.

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