En el paisaje de la ciudad contemporánea, el niño ha sido casi siempre un huésped accidental. Como si su presencia fuese un hecho transitorio o su existencia un estado de excepción, la infancia ha sido históricamente marginada de los discursos sobre planificación urbana, diseño edilicio y configuración del espacio público. Y sin embargo, en su fragilidad, en su curiosidad insaciable y en su mirada sin preconceptos, el niño posee una potencia política y poética que obliga a replantear, desde las bases, la manera en que concebimos la arquitectura y el urbanismo.



































