En ese lugar de retiro, oración, penitencia y trabajo intenso de elaboración de objetos religiosos y edificación de la nueva capilla, Francisco Javier pintará el óleo que atesora el museo. Muy oscurecido por el tiempo y la oxidación de los materiales empleados, la arquitectura del cuadro de mediano tamaño muestra en el centro de su borde superior la figura de la Virgen de Guadalupe, irradiante de luz, que tiene encadenado a sus pies a un ennegrecido diablo que se contorsiona para observar a quienes lo observan. A los costados de la virgen, más colorida y luminosa que el resto de las figuras, éstas se organizan en bandas horizontales que, debajo de sus pies, ocupan todo el ancho del lienzo. En ellas se secuencian las imágenes de los anacoretas o eremitas seleccionados por Francisco para desplegar su relato icónico, completado con sus nombres o textos breves sobre hechos excepcionales de sus vidas. Es una obra difícil de clasificar, cuya iconografía recuerda a pinturas del medioevo temprano caracterizadas por su primitiva linealidad y desproporción respecto del contorno, pero emisoras del claro mensaje de despojamiento de los bienes y las tentaciones mundanas, cabal expresión artística del pensamiento y forma de vida de su autor.