Sebastián Carassai. Foto: Prensa Siglo XXI
Por Gabriel Rossini

Sebastián Carassai. Foto: Prensa Siglo XXI
Gabriel Rossini
grossini@ellitoral.com
Con el advenimiento del gobierno de Néstor y Cristina Kirchner la década del ‘70 fue puesta nuevamente en el centro de la discusión pública, con una mirada de los militantes de entonces con la cual no toda la sociedad está de acuerdo y que disparó un debate respecto a lo que cada uno hizo entonces. Sebastián Carassai se decidió a contar la vida de quienes no fueron los militantes radicalizados de la época y llevaron una vida común y corriente, al margen de las violentas luchas de entonces. El resultado fue: “Los años setenta de la gente común. La naturalización de la violencia” (Siglo XXI Editores) donde indaga “cómo vivió esa época la gente ‘común’, los sectores medios que no se involucraron en política ni formaban parte de grupos de poder”. “Antes del kirchnerismo lo que se escribió sobre los ‘70 se concentraba en los sectores protagónicos de la época, cuando se referían a los jóvenes era a los militantes y cuando hablaban de las clases medias lo hacían fundamentalmente de los universitarios más politizados. Quedaba la sensación de que eso era todo. El origen de mi investigación fue dilucidar hasta qué punto o en qué medida ese fenómeno afectó realmente a una mayoría de la sociedad o estuvo reducida a sectores específicos. Lo que encontré es que ese proceso de peronización de la juventud o de izquierdización de la clase media estuvo circunscripto a sectores muy específicos, fundamentalmente urbanos de las grandes ciudades y en jóvenes universitarios de clase media. La pregunta que surgió entonces fue quÉ pasó con todos los demás”, explica el autor del libro. —Que además no salieron muy favorecidos o directamente fueron olvidados en esta revisión de los ‘70. —Me interesaba saber cuál era la percepción que tenían sobre el militante, tanto del que finalmente tomó las armas como del radicalizado que no dio ese paso. Está muy presente en el humor político de la época, en los programas de Tato Bores, los discursos fundamentalmente críticos hacia ellos. También en las novelas de la época como “Rolando Rivas Taxista” y en ciertas crónicas periodísticas de entonces. —Es muy interesante el repaso que hacés sobre la publicidad y el humor de la época. —Muestro con cuanta facilidad, liviandad y trivialidad se utilizaba la violencia como metáfora o como símbolo eficaz para seducir consumidores. A mí me llamó mucho la atención la cantidad de armas que había en la publicidad y esta idea -que fue muy específica de la publicidad en la Argentina- de jugar con la violencia para vender desde caramelos hasta medias, bombachas y corpiños. Había una suerte de naturalización de la violencia. —Más allá de su banalización, la violencia estaba presente en la sociedad antes de 1973, incluso en plena época de la Revolución Argentina, donde pensábamos que el país vivía en relativa calma. —Había cierta “ansiedad” por la violencia. Si uno recorre 1969 hasta el Cordobazo encuentra en las crónicas periodísticas cierto asombro ante la ausencia de violencia. Cuentan que los estudiantes están movilizándose violentamente en Francia, México, etc. y se preguntan qué pasa que en la Argentina no pasa nada. Había como una suerte de espera de la violencia, como si ésta fuera un buen dato de la realidad. Pero eso muy rápidamente se transforma en un asombro inverso y un año después están asombrados por el exceso de violencia. Además había diferentes actores: los grupos armados de izquierda, los que reprimían en nombre de la Revolución Argentina y algunos parapoliciales, que son, de alguna manera, la antesala de la Triple A. Ante los primeros actos terroristas de izquierda, la prensa decía que lo único que iban a conseguir era una respuesta violenta de derecha, legal o paramilitar. Y a eso lo decían medios importantes como la revista Panorama. Hay ahí una explicación que anticipa 10 años la teoría de los dos demonios. La idea de que hay dos violencias enfrentadas. Es erróneo atribuirle esta teoría al gobierno de Alfonsín, que sólo le dio la voz estatal a algo que ya estaba en la sociedad. -¿Quiénes constituían el resto, los no militantes radicalizados? Porque toda esa franja debe ser muy heterogénea como lo era la clase. —Yo lo limité al sector de las clases medias, donde también hay heterogeneidades. Encontré diferencias que tenían poco que ver con el lugar geográfico donde se encontraba esta clase media y un montón de elementos en común: por ejemplo en la representación que tenían sobre el enfrentamiento armado entre guerrillas y fuerzas estatales y paraestatales. Encontré diferencias en el hecho de pertenecer o no al ámbito universitario: los jóvenes que pertenecían pero no militaban en política tuvieron una mirada un poco más indulgente. Se ve claro esta situación con los fusilamientos de Trelew en agosto de 1972 donde los jóvenes que estaban en la universidad, sobre todo en las que habían pasado alguno de los chicos fusilados, mostraron una solidaridad muy evidente, obvia y comprensible. Ahora, cuando te salías de ahí, las opiniones eran totalmente diferentes, hostiles. —Da la sensación de que podía haber una solidaridad con las demandas pero un rechazo a los métodos. —Dentro de la militancia la violencia estaba de algún modo justificada, se ejerciera o no. Se discutía, pero era una discusión más bien táctica: si en tal situación va a convenir o no utilizar la violencia armada. Había como cierta aceptación de que estaba legitimada porque se consideraba que el sistema era violento. No sólo era un tema de balas o de muerte. También era el problema del chagas en el norte, la desigualdad, la pobreza, la falta de recursos y también la proscripción política. —Esta situación de violencia más la idea de la necesidad de una ruptura, de un borrón y cuenta nueva, armó una especie de cóctel violento que se potenció a partir de 1973. —Ese es un elemento común entre la militancia y la no militancia. Diría que en general muy distintos actores políticos, con muy distintos proyectos e ideologías diferentes tendieron a coincidir en los 70 de que el cambio tenía que ser abrupto, de un día para otro. La idea de transformar una sociedad gradualmente o por pasos era algo despreciado. De alguna manera se aspiraba a un cambio del que ya no se pudiera regresar, embarcarse en un proceso que ya no su pudiese parar y lamentablemente fue lo que pasó. —En el libro demostrás que el apoyo de la sociedad a los militantes radicales no era mayoritaria, sino por el contrario no le simpatizaba ni la apoyaba. Esto echa por tierra uno de los mitos de la época, instalado por el politólogo Guillermo O’Donnell. —Cuando estudiaba Sociología en los ‘90 este consenso aparecía una y otra vez en libros de textos e investigaciones. Se tomaba como algo ya demostrado, que no había que revisar. En los inicios de este proyecto, pensé que era hora de revisarlo porque ni en la memoria de mis entrevistados, ni en la prensa de la época, ni en otras encuestas de opinión se encontraba nada para sostenerlo. Guillermo O’Donnel me dijo que él no había construido ese índice, que es el de Simpatías en Terrorismo, sino que lo había hecho un sociólogo norteamericano que se llama Fred Turner. Hablé con Turner y me dijo que lo había hecho no con preguntas concretas sino que era un índice que él construyó a partir de respuestas indirectas que clasificó como de simpatías hacia la guerrilla. Finalmente llegué a José Enrique Miguens, que había hecho estudios con el Centro de Investigaciones Motivacionales y Sociales, que hacía estudios serios y sofisticados con preguntas muy directas y que dan un resultado completamente diferente. Aún en sus inicios estos grupos armados o guerrilleros tuvieron una adhesión muy baja en la sociedad argentina, porque en realidad la gente no sabía qué querían. —Entonces, por qué llegaron hasta donde llegaron, por qué tomaron tanto protagonismo. —Creo que el protagonismo estuvo dado por varios factores. En primer lugar, porque los hechos de violencia iban a la tapa de los diarios. Secuestrar un ex presidente y que aparezca muerto tuvo un efecto enorme y un protagonismo innegable. Y por el otro lado no hay que olvidar el problema interno del peronismo. —La pregunta es por qué si no estaba de acuerdo, la clase media no hizo nada para evitar su avance. —La clase media es más bien reacia a movilizarse y pelear o luchar o decir cuál es su posición en un determinado conflicto político. Uno puede decir que eso fue claramente así en esos años. Yo trato de explicarlo no atribuyéndolo a una especie de esencia antipolítica. Creo que la actitud pacífica de estos sectores se puede describir como de resignación. Además había una idea de que al lío, el único que podía arreglarlo era Perón. —Da la impresión de que la clase media se vio directamente afectada con el Rodrigazo. —El Rodrigazo tuvo un impacto enorme en toda la sociedad pero fundamentalmente en la clase media. Pero aún sufriendo las consecuencias del Rodrigazo la clase media no se movilizó como en 2001. Quienes se movilizaron en contra de las medidas de Celestino Rodrigo más bien eran sectores de la militancia política peronista que estaban en contra del gobierno de Isabel y que se reivindicaban como los verdaderos peronistas y herederos de Perón. —¿Cómo tomó la clase media no militante el golpe de Estado? —Para analizar el golpe del ‘76 hay que compararlo con otro golpe donde también cae el peronismo, que es el de 1955. Las actitudes de los sectores medios fueron muy diferentes. En 1955 cuando derriban a Perón salieron masivamente a celebrarlo. Pero en 1976 no. Mi explicación tiene que ver con lo que decía de la resignación. En 1955, las clases medias venían de 10 años de resistencia. En 1976 no y me parece que porque el sentimiento de las clases medias no era de resistencia al régimen de Cámpora, Perón e Isabel. El golpe de 1976 fue considerado como algo inevitable, anunciado. —Nadie imaginó que los militares que dieron el golpe en 1976 iban a hacer lo que hicieron porque la experiencia que tenían con los anteriores no era el de la violencia indiscriminada. En realidad pensaban que venían a poner orden en el país, una idea bastante lógica en el contexto de la época. —Antes del 24 de marzo de 1976 si uno decía que iban a venir los militares como en 1955 o en 1966, remitía a situaciones mejores. El gobierno de Isabel era tan caótico que nadie creyó que podía haber algo peor que eso. Y lo que vino fue mucho peor que eso. El reemplazo del peor gobierno del que se tenía memoria y su reemplazo por militares, que no eran considerados un demonio, era bastante lógico. También hay que recordar que las FF.AA. asumieron no sólo con un discurso moderado y de persecución a la delincuencia que caía muy bien en la clase media, sino que asumieron diciendo que era un gobierno transitorio y que pronto iban a llamar a elecciones. —¿Cómo vivieron las clases medias no politizadas la dictadura militar? —Si bien el libro trata de violencia y de política, lo que originó el libro era mostrar que no solamente hubo eso. Por ejemplo estos sectores medios no consideraban que la política fuera todo o lo más importante. Querían una vida normal como la mayoría del mundo, incluso los hijos de la generación de militantes políticos: progresar, formar una familia, en lo posible tener un techo propio, conseguir un buen trabajo, mandar sus hijos a buenos colegios o a la universidad. Cuando el cambio los favoreció mucha de esta gente viajó por primera vez al exterior, pudo acceder a un determinado consumo de productos importados sofisticados que antes -cuando había protección arancelaria- no existían. Tampoco se las puede culpar por haberse comprado un televisor mejor. —Hay toda una valoración negativa de este sector social por su “falta de compromiso” para combatir la dictadura y en realidad su no involucramiento con la política viene de la década del ‘60 si querés. —"No combatieron a la dictadura, es cierto. Ahora, pensemos, ¿por qué deberían haberla combatido? ¿Porque estaba matando a diestra y siniestra? Sin duda, si suponemos que conocían todo lo que hoy sabemos. Pero hay que recordar que esas muertes, en su magnitud y crueldad, se fueron conocieron con el correr de los años. Por otro lado, si tenemos en cuenta que los diarios de 1974 y 1975 reflejaban también un clima de violencia, de torturas, cadáveres y bombas, lo que se advierte es que en la sociedad se fue generando lo que yo, en el libro, llamo una "estructura inercial" hacia la violencia, es decir, cierta aceptación de que la violencia forma parte del orden social." —Vos marcás que la palabra violencia se hace a un costado después del ‘76 y la sociedad la retoma después de Malvinas. —Creo que a partir de 1976 el Estado fue tan eficaz en la monopolización de la violencia que efectivamente dejó de ser un tema de discusión porque ahora era sólo una, la represiva, y la ejercía un actor al que buena parte de la sociedad le atribuía ese poder. Por supuesto que nadie sabía hasta qué punto esto se estaba llevando a cabo y de qué manera tan cruenta.
Tanques frente a la Casa Rosada, el 24 de marzo de 1976. Las clases medias no salieron masivamente a celebrar este golpe de Estado, como sí lo hicieron en 1955. Foto: Archivo El Litoral
Me llamó mucho la atención la cantidad de armas que había en la publicidad y esta idea de jugar con la violencia para vender desde caramelos hasta medias, bombachas y corpiños. Había una suerte de naturalización de la violencia.




