En los años treinta un nacionalista conservador de apellido Torres, halló las dos palabras para definir al régimen de Agustín P. Justo: “Década infame”, década deshonrada por el fraude electoral y los negociados, aunque, como los historiadores podrán apreciar luego, los fraudes fueron escandalosos y deshonraron para siempre a los conservadores, pero con respecto a la corrupción y atendiendo a lo que íbamos a presenciar años después, los conservadores no fueron más que modestos y tímidos pungas de líneas de colectivos o baños de estaciones de trenes. En tiempos del peronismo las consignas estuvieron a la orden del día. Para el antiperonismo arribaban a Buenos Aires los “cabecitas negras” o el “aluvión zoológico”; también el tirano y el hada rubia. Para los peronistas se trataba de luchar contra los herederos del régimen conservador y la oligarquía apátrida, todo esto teñido con un inconfundible tufillo fascista. “Braden o Perón”, fue la consigna ganadora del peronismo en los comicios de febrero de 1946. Como consigna, un éxito total, entre otras cosas porque los aludidos se esmeraron en darle la razón a quien pretendía colocarlos en ese lugar. En términos históricos la consigna se relativiza. El embajador Spruille Braden estuvo en Buenos Aires desde mayo a septiembre de 1945. Para el 17 de octubre, y para cuando se celebraron las elecciones de febrero de 1946, ya había regresado a Estados Unidos. O sea que el “líder” convocaba a luchar contra un ausente. Pero además, en este culebrón hay un dato que Perón nunca respondió. ¿Por qué al año siguiente, el 17 de octubre de 1946, el embajador yanqui que sucedió a Braden, George Messersmith, fue beneficiado por el líder con la medalla de la lealtad peronista? Parecería a simple golpe de vista que en menos de un año Estados Unidos había dejado de ser una potencia colonial para transformarse en una benefactora social. Milagros del populismo criollo. Mientras tanto, los opositores eran designados con el apelativo de “contreras”, al que lo sucederá después de 1955 el de “gorila”, uno de los apelativos más eficaces y extendidos de la jerga política argentina. “Gorilas”, fueron Rojas y Aramburu; Frondizi e Illia; Santucho y Firmenich; Alsogaray y Alfonsín. Y también, según las circunstancias, Menem y Néstor, Cristina y Scioli, Alberto Fernández y Pichetto; Belliboni y Toty Flores. Una maravilla. Nadie en esta Argentina bendecida por Dios se libró de haber sido tratado de “gorila” en algún momento de su vida. Hoy la consigna central gira entre la “casta” y el “loco”. Final abierto, porque pareciera que hay muchas “castas” y demasiados “locos”.