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Crónicas santafesinas

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Jueves 20.2.2020
 21:00
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

I

Veníamos con papá desde Maciá, un pueblo de la provincia de Entre Ríos en donde alguna vez él fue director de escuela y, entre otras vicisitudes, me trajeron a mí al mundo. Era el mes de enero y hacía mucho, pero mucho calor. Más o menos a las cinco o seis de la tarde estábamos en Paraná. Llevábamos más de seis o siete horas de viaje, porque esto que les cuento ocurrió en 1959, yo tenía entonces nueve años y el auto de papá un Packard modelo 40- con suerte y viento a favor podía alcanzar a setenta kilómetros por hora. No sé por qué salimos al mediodía y nos tragamos los calores de la siesta entrerriana, más los polvorientos caminos de tierra. Pero allí estábamos. Ahora en Paraná, yo comiendo en un boliche cerca del puerto un sándwich de mortadela y queso acompañado por una Bilz o naranjina, como le decían entonces. Entonces no había túnel. Desde Paraná a Santa Fe se accedía en balsa. En dos balsas: una que iba de Paraná hasta una altura de la ruta 168. Desde allí los autos retomaban el viaje hasta Colastiné, donde nos aguardaba la Maroma (no sé por que tenía ese nombre) que a ritmo de tortuga nos trasladaba a la otra orilla. Allí, otra vez la ruta hasta llegar a Santa Fe. Con suerte y viento a favor desde Paraná a Santa Fe el recorrido superaba con comodidad las dos horas. Para los peatones, la otra posibilidad era la lancha, pero nosotros viajando en auto estábamos “condenados” a la balsa. Todos los inconvenientes del viaje tenían un estímulo: en Santa Fe nos esperaban unos amigos de papá con un asado, vino, cerveza fresca y para mí seguramente Bidú o algo parecido, porque como todo santafesino sabía muy bien, la Coca Cola no entraba a la provincia.


II

Insisto en calor y la tierra. Los autos entonces no tenían aire acondicionado y había que viajar con las ventanillas bajas soportando un aire caliente, pero sobre todo la tierra que entraba al auto y se quedaba en el cuerpo, la camisa, el pantalón, los cabellos. No, no era muy grato viajar entonces en un Packard modelo 40. Tomamos la balsa en Paraná, disfruté del paisaje del río: el cielo, la costa, el agua, los pájaros; y después, otra vez el auto. Y allí se inicia una de las pequeñas pero inolvidables tragedias de mi vida. Lo primero que registro es a dos o tres policías en la ruta deteniendo a los autos. En realidad, la detención era innecesaria, porque mucho más efectiva era la larga, interminable caravana de autos, camiones y camionetas en hilera, un paisaje que parecía extenderse hasta el infinito. La información que recibimos era que la maroma se había descompuesto, pero que se trataba de una demora breve pues pronto continuaríamos viaje a Santa Fe. Nos resignamos a lo inevitable. Eran las siete, siete y media de la tarde y el sol todavía calentaba. Para nuestra tranquilidad la hilera de autos se movía, lentamente, pero se movía.


III

A ese ritmo de tortuga fuimos avanzando hasta llegar a una altura del ruta en la que alcanzaba a divisarse el río. Algunos inconvenientes se presentaban, pero superables. El principal, el de los coches descompuestos. Claro, en 1959 el parque automotor criollo era muy flojo y los autos exigidos a avanzar en primera o en segunda recalentaban o padecían algún que otro desperfecto, por lo que en la banquina ya descansaban unos cuantos heridos. Pero lo peor aún no había llegado. A quinientos, mil metros del río, la caravana se detuvo. Y se detuvo para siempre. Advertimos el agravamiento de la situación a través del sencillo y empírico proceso de registrar que ningún auto se movió más. Y en esa posición quedamos no exagero- alrededor de cinco o seis horas. Rutas de una sola mano, no había posibilidades de avanzar o de retroceder. Paciencia y valor. De todos modos, todo era más o menos soportable hasta el momento en que decidieron llegar los mosquitos. Y llegaron en bandadas y en operativo blietzkrieg: arrasando con todos y todas. Allí entonces hubo que hamacarse. En medio de la isla, y con multitudes de mosquitos caníbales decididos a sacarse el hambre con nosotros. No había Off en aquellos años; tampoco no vi a nadie con aquello que entonces le decían “repelente”. Mucho menos había espirales, si es que esos artefactos podían servir de algo al aire libre. Atrapados por los mosquitos en medio de la isla. Quedarse adentro del auto era un suplicio; salir al aire libre, un poco peor.


IV

Muchos años después de haber vivido esa experiencia atroz, leí un cuento de Julio Cortázar titulado “Autopista sur”. Y entonces recordé mi peripecia local. Claro, Cortázar habla de un embotellamiento en el autopista sur que accede a París. Lo mío era más modesto, más tercermundista si se quiere. En la Argentina de 1959 no había autopistas, pero en el París de Cortázar no había mosquitos. Pero lo que el plantón de Colastiné me recordó al plantón de París, fueron las singulares relaciones y peripecias que se produjeron durante esas horas. Lo de los mosquitos no fue un detalle menor. Salvo que alguien suponga que padecer los aguijonazos de esos insectos infernales durante horas sea un detalle menor. Lo primero que registro es el malhumor de todos. Después el espectáculo de la gente en la ruta, a la orilla del camino; algunos conversando, otros tratando de ayudar donde era necesario. El optimista de siempre, aconsejado que no había que matar a manotazos a los mosquitos porque era peor, que había que dejarse picar y que después uno se acostumbraba, ¿Como los isleños? Como los isleños. Todo muy lindo, pero no me acostumbré; ni ayer ni hoy. Malditos optimistas. Tengo presente un auto con dos viejitos, (a los nueve años casi todos son viejos) otro en el que viajaban dos monjas, un cura y el chofer; las monjas con el rosario en la mano, pero el cura y el chofer en la ruta. Otro auto con un matrimonio joven y un bebé en brazos de ella.


V

Una consigna corrió rápido: bosta de caballo y vaca para combatir los mosquitos. Muchachos jóvenes cruzaron campos alambrados buscando el rústico repelente. Pronto el espectáculo de la ruta se tiñó con la humareda y las pequeñas e improvisadas fogatas. La blitzkrieg de mosquitos cesó un poco, pero no mucho. “Nos están comiendo vivos”, recuerdo que le comentó un improvisado amigo a papá. Yo no me puse a llorar, pero ahora confieso que tenía ganas de hacerlo. Como quedarse dentro del auto era resignarse a sufrir, opté por caminar por ese escenario dantesco de humo, fuego y gente desplazándose por la banquina, por la ruta. Grupos de personas conversando. El mal humor como síntoma dominante. Puteadas a los policías que miraban de lejos. Puteadas contra los responsables de la maroma. Y los matices. Un pibe conversando con una chica y el probable inicio de un romance. Bajo de un árbol, un grupo de muchachos tocando la guitarra. Y mucho escuchándolos. Recuerdo del improvisado fogón la letra de “Merceditas”. Las inspiradas solidaridades. Compartir el agua, algún alimento. Una improvisada parrilla donde se asaban unos pescados no sé para qué o para quién, pero allí estaban. Los conscriptos ayudando a la gente. Entonces creo que no le decían colimbas, pero se trataba de muchachos de veinte años, con uniforme militar y el pelo corto. A los ojos de ese niño que era yo, eran los héroes de la jornada: ayudaban, consolaban, y además eran los únicos o, por lo menos, los principales que trataban de afrontar la situación con buen humor. Alrededor de la medianoche empezaron a moverse los autos. Muy lentamente, pero a moverse. Todos subimos a los vehículos y las amistades improvisadas concluyeron para siempre. El cura con las monjas, la pareja con el bebé, los dos viejitos, las tres maestras, los muchachos que tocaban la guitarra, los colimbas que se repartieron en los diferentes autos en los que viajaban “colados”. Llegamos a Santa Fe alrededor de la una de la mañana. Del asado que nos esperaba, no quedaban ni las brasas ni los huesos, de los que ya se habían hecho cargo los perros. Ocurrió en 1959. Sylvestre Begnis y Raúl Uranga eran los gobernadores de Santa Fe y Entre Ríos. Arturo Frondizi, presidente de la nación. Fidel castro ya estaba en La Habana. Y Juan XXIII era Papa. Ese año San Lorenzo salió campeón. Muchas cosas cambiaron desde entonces. Muchas. Los únicos que se mantiene saludables y pujantes son los mosquitos.

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