Los gestos de la política santafesina con los que la provincia había arrancado la semana habían entusiasmado. La oposición, con uno de sus principales líderes a la cabeza, había respondido a la convocatoria de Omar Perotti en la que el Poder Ejecutivo se proponía describir el cuadro de situación local a partir de la pandemia, y tomar decisiones. Allí estuvieron -presentes o siguiendo la reunión por vídeoconferencia- los jefes de todas las bancadas tanto del Senado como de la Cámara de Diputados. Allí estuvo también Miguel Lifschitz. El retorno a la Casa Gris del ex gobernador y su participación en un encuentro que todos coincidieron en calificar como “positivo”, pareció ser indicio de que la clase dirigente, por fin, se ponía a la altura de las circunstancias. Parecía ser indicio de que las tensiones y desencuentros que se dieron desde el momento mismo de la transición comenzaban a correrse de la escena para enfrentar sin fisuras una crisis sin precedentes. Hasta había quedado de manifiesto en las expresiones públicas de los protagonistas del evento. Pero no. Cada uno sostuvo su argumento; cada uno siguió su juego. Rubén Giustiniani había pedido que se dejasen de lado “las mezquindades” y también los intentos de “sacar ventaja”. Pero nadie depuso su actitud. Y una semana más se consumió sin que la provincia pudiese contar con leyes sancionadas para garantizar financiamiento ante una coyuntura que no permite dilaciones.




































