En ciertas instancias de la vida, una realidad difícil de asumir suele aplastar sin dar tregua. La reacción, inmediata, será conjeturar en torno a si lo que sucede es fruto de la mala fortuna o de la propia conducta. Pero el padecimiento instará, al alma doliente, a tomar consciencia de la imposibilidad de soportar semejante peso y, al prójimo, que no es esperable que aquel pueda solo.



































