Furibunda andaba aburrida. Trescientos años atrás había venido de visita su prima Tremebunda y las cosas habían salido mal... ¡Pero re mal! Así que descartó llamarla. Se arreglaría sola para divertirse haciendo maldades. El otoño que había llegado hacía un tiempo, resulta que la había puesto de mal humor. La gente del pueblo, en lugar de protestar por las hojas caídas que ensuciaban las veredas, salía a sacar fotos a los árboles que se habían pintado rojizos. Para colmo, no soplaba el viento, así que las hojas no caían y no molestaban. Y ya sabemos que todo lo bueno y lindo la molestaba.



































