El eco de la Guerra de Malvinas se infiltró en el partido Argentina-Inglaterra en los cuartos de final del Mundial de México 1986. Dirigentes, jugadores y entrenadores se esforzaron para quitar todo carácter político al enfrentamiento futbolístico. No obstante, en el diario mexicano Excelsior un anuncio decía:
"No se pierda el domingo 22 la segunda versión de la guerra de las Malvinas: Argentina-Inglaterra".
El Estadio Azteca fue el escenario de una revancha simbólica, cuatro años después de la rendición argentina en Puerto Argentino -14 de junio de 1982- que dejó 649 muertos y una nación humillada por la derrota ante el Reino Unido. La dictadura había utilizado Malvinas como cortina de humo para perpetuarse; la derrota aceleró su caída, pero las cicatrices emocionales perduraron.
En México, el fútbol se convirtió en el campo de batalla alternativo donde Argentina buscó restaurar el orgullo nacional. Horas antes del silbato inicial, en el Paseo de la Reforma, se libró un enfrentamiento que prefiguró el simbolismo del encuentro.
Barra bravas argentinos -de Boca (lideradas por José "El Abuelo" Barritta), Estudiantes, Vélez, Talleres, Chacarita, Racing y Nueva Chicago- les tendieron una emboscada a los hooligans ingleses de clubes como West Ham, Chelsea, Newcastle y Manchester United.
Apoyados por exiliados y escoceses (que no disimulaban su odio a Inglaterra), los argentinos rodearon a los ingleses en una plaza. Los hooligans, temidos en Europa por sus prontuarios de violencia, caminaban alcoholizados y llevaban banderas de sus clubes y de la selección.
Sorpresivamente fueron rodeados y superados en número y rabia por los argentinos. La pelea duró menos de 30 minutos. Hubo golpes de puño, gritos, corridas y un saldo claro: los hooligans huyeron sin sus banderas.
Esos "trapos" fueron exhibidos luego por los barras argentinos como trofeos en el estadio, y uno fue quemado frente a las cámaras de televisión al inicio del partido. Otra bandera arrebatada fue paseada en la tribuna argentina y, en el entretiempo, los barras orinaron en dirección a los hinchas rivales.
Cuando estos reaccionaron, nuevamente fueron atacados. Otra situación similar aconteció a la salida del estadio. Aunque estos episodios de violencia empañaron la jornada deportiva, simbolizaron para muchos la catarsis de una herida nacional aún abierta.
El robo de banderas no fue un mero hecho de vandalismo. Simbolizó la apropiación del honor ajeno, una humillación directa que los barras interpretaron como revancha por la ofensa de 1982. El fútbol, en sociedades con heridas abiertas, amplifica el sentimiento patrio hasta convertirlo en catarsis colectiva que puede incluir situaciones de violencia.
Para los argentinos el partido no era contra un equipo, era contra el imperio que había arrebatado las islas y la vida de sus soldados. Los cánticos, las caras coloreadas y la tensión en el ambiente recordaban que, en el imaginario nacional, Malvinas no era historia cerrada.
El fútbol ofrecía lo que la guerra no: un terreno equitativo, reglas compartidas y la posibilidad de una victoria limpia. La carga emocional transformó el Azteca en un espacio de purificación, donde la derrota de 1982 podía ser revertida simbólicamente.
Entonces apareció Diego Armando Maradona. Con "La Mano de Dios" asestó el primer golpe, engañando al árbitro y enfureciendo al arquero Peter Shilton. Fue el pícaro criollo contra el lord inglés. O quizás una burla al poder colonial.
Minutos después, llegó el segundo gol: Maradona recibió la pelota en su propio campo de juego, gambeteó a cinco rivales a quienes dejó rendidos y definió con la frialdad de un francotirador. Un prodigio individual que simbolizó la superioridad técnica y la resiliencia argentina sobre la fuerza física inglesa.
El estadio estalló. En Argentina, millones de personas lloraron y gritaron. Esa obra de arte fue vivida como una reparación: lo que las armas no lograron, lo consiguió el talento. En la transmisión, Víctor Hugo Morales narró el "Gol del Siglo" con la garganta desbordada de emoción.
Mientras el partido avanzaba y la tensión en las tribunas se traducía en cruces entre barras argentinos y hooligans -incluyendo un episodio viral donde Raúl "Pistola" Gámez saltó desde un palco para pelear-, Morales capturó el alma del momento. Al final, con el 2-1 sellado, exclamó: "¡Por todos los pibes que no pueden gritar esta victoria! Argentina 2, Inglaterra 1".
Esa frase era un homenaje a los soldados caídos y a los que regresaron rotos. El relato de Morales convirtió cada gol argentino en un grito de emancipación. El enfrentamiento entre barras y hooligans fue el prólogo violento; los goles de Maradona, el clímax.
Esa tarde el puño apretado y el brazo extendido de Maradona transformaron la derrota militar en victoria deportiva, y el orgullo nacional encontró un bálsamo temporal.
Malvinas sigue siendo una herida abierta, pero en 1986 el fútbol permitió soñar que, al menos por 90 minutos, Argentina había recuperado algo. No las islas, pero sí la dignidad. Y eso, para una nación en duelo, valió más que cualquier tratado.
El autor es analista internacional y docente de Ciencia Política.