Las cartas al editor reflejan la voz de los lectores, quienes abordan desde temas cotidianos hasta preocupaciones sociales, enriqueciendo el debate público diario con sus opiniones y relatos personales. Cada mensaje es una ventana a la diversidad de pensamientos y experiencias que alimentan el diálogo comunitario.

Todo tiene un límite. Nuestro presidente, Javer Milei, debería expresarse de manera cordial y diplomática, como él mismo lo prometió alguna vez. Fue en su disertación en la Fundación Faro -realizada en agosto de 2025-, cuando manifestó que iba a dejar de insultar.
El cambio discursivo duró muy poco. Lejos de suavizar su tono, volvió a descalificar a quienes no coinciden con sus ideales, llámense gobiernos extranjeros, artistas, gobernadores, científicos o periodistas.
El líder de La Libertad Avanza deberá comprender y aceptar que aquel que piensa distinto a él no es su enemigo político. De un jefe de Estado se requiere un vocabulario limpio. Se puede ser un líder fuerte y combativo siendo, al mismo tiempo, una persona educada y respetuosa.
En democracia, está claro que gobernar es un arte por el cual resulta imperativo dialogar respetuosamente con el que opina diferente. Sin embargo, la diplomacia brilla por su ausencia; lo suyo parece una estrategia de eterna confrontación.
Según un informe del diario La Nación del 5 de agosto de 2025, en su primer año de gestión el mandatario emitió 4.149 insultos y descalificaciones. "La República necesita una armonía de la que carece el discurso oficial", concluía el citado informe. Señor Javier Milei: ¿podrá usted llegar a debatir sin ofender ni atacar a los demás?
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Esa fecha es conocida y recordada como "La noche de los bastones largos". El general Juan Carlos Onganía derrocó en 1966 al gobierno constitucional del doctor Arturo Umberto Illia, quien resistió con entereza y dignamente el atropello en su despacho de la Casa Rosada, como el último gesto de una persona recta y noble, que -lamentablemente- valoramos demasiado tarde.
Un mes después del golpe de Estado decretó la anulación de la autonomía universitaria y el motivo, tantas veces repetido incluso en el presente, fue que la universidad era el reducto de una cultura disolvente.
El 29 de julio de aquel año, Onganía dio la orden de ocupar las facultades. Yo cursaba el sexto año en el Colegio Nacional de Buenos Aires, dependiente de la UBA. Al mediodía, canceladas las clases, los más grandes quisimos quedarnos, oh inconsciencia juvenil, para impedir que las fuerzas de seguridad entraran en nuestro querido Nacional.
Pero el rector, Horacio Difrieri, rogó que nos fuéramos. Muchos eran menores y se presagiaba una noche violenta. Compartíamos la "manzana de las luces" (Bolívar, Moreno, Perú y Alsina), con la facultad de Ciencias Exactas.
Cuando recorría sus calles con mis compañeros llegaron camiones con policías que entraron en nuestro colegio vacío y en la facultad ocupada pacíficamente por profesores y estudiantes. Como en las demás facultades, fueron echados y golpeados con sus bastones brutalmente.
Sus rostros ensangrentados y brazos levantados como delincuentes fueron las portadas de la prensa del mundo. Conclusión: más de 700 profesores universitarios de todas las facultades, muchos de prestigio internacional, se exiliaron en países, agradecidos por semejante aporte a su cultura.
Le regalamos al mundo un capital humano invaluable. Un suicido educativo que pagó toda nuestra sociedad. Hoy, en democracia aún hay líderes que no apoyan la universidad y la educación públicas, como lo exige nuestra Constitución y es la mejor garantía de progreso que podemos dejar a las generaciones futuras. ¿Lo podemos consentir?
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Para los enamorados, el cielo es un escenario que generalmente procuran mirar de noche, a la vera de un mar calmo. Un espacio inconmensurable donde, asidos de la mano, se conmueven ante su belleza. Para otros, la observación tiene tintes más vulgares.
La del agricultor, por ejemplo, que, después de una siembra que lo obligó a ingentes gastos y debilitó su economía familiar, fija sus ojos en una nube flaca y la exhorta a convertirse en lluvia.
A propósito de ella, están quienes apenas la vinculan con un fenómeno atmosférico, medido en milímetros, y quienes, menos prosaicos, la visualizan como telón de fondo para el despertar de una relación apasionada o marco propicio para un desgarrador adiós amoroso.
Cómo negar su influjo si Aníbal Troilo (música) y Enrique Cadícamo (letra) se inspiraron en ella para componer el mítico tango "Garúa" y exclamaron como prueba de su desdicha: "Hasta el cielo se ha puesto a llorar".
Invasiva, pertinaz, benéfica, devastadora... la lluvia, para bien o para mal, es esto y mucho más. Se muestra tan abarcadora y acepta tantos enfoques que no faltan quienes descreen de sus alcances y suscriben la despectiva frase "Te oigo como quien oye llover..."
Despojados de cualquier connotación lírica o comercial, también sobresalen quienes incursionan en la bóveda celeste para desentrañar sus misterios: los meteorólogos. Esos seres que permiten a los oyentes de informativos encarar la jornada que se avecina.
Si con abrigo, ropa liviana o paraguas. A menudo, esos seudo "gurúes" de la vida cotidiana, a veces más emparentados con el azar que con la certeza, suelen ser blanco de improperios por el picnic que alentaron y por el desbande que, a fuerza de chubasco, provocaron.
Todo, por cálculos mal resueltos o pronósticos demasiado optimistas. Muchas expresiones incluyen el término cielo en el habla cotidiana. Entre las más difundidas se destaca: "Movió cielo y tierra para lograrlo". Pero una, incuestionablemente, está asociada al fuero íntimo de muchos: "Mi mayor anhelo, cuando me muera, es ir al cielo (...)".
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Hay que olvidar/
me dice la experiencia,/
la mía y la ajena.//
No hay que cargar/
la bolsa de basuras/
por más que me la ofrezcan.//
Hay que limpiar el alma/
de adentro hacia afuera,/
y sacarnos la mugre/
que llevamos a cuestas.//
Hay que ser libres endeveras./
No guardes sentimiento/
que te duelan/
o el dolor cotidiano/
que te acercan.//
Pues nadie es para siempre/
ni el mundo es una rueda/
que gira y se detenga.//
Que lo que pasa, pase,/
y que lo bueno venga.//
Tan solo te alimentan/
las verdades que dicen/
los que piensan.//





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