Elal no estaba contento. Sabía que debía empezar a ordenar mejor el mundo. Se lo debía a los animales. No había sido fácil ser hijo de un gigante y una nube viajera. Cuando murió su padre, el zorro avisó y todos ayudaron a llevarlo al cerro Chaltén. Ahora, todo lo que había creado era hermoso. El paisaje patagónico, con la diversidad desparramada en todo el entorno, podía hacerlo sentir orgulloso. Pero sabía que aún faltaba mucho trabajo. Por ejemplo, lograr acallar todas las quejas. Descendió justo cuando Piche, el armadillo, hacía oír su enojo:




































