Lógicamente, el Estado muchas veces cree aplicar remedios que resultan ser más nocivos que la enfermedad. Y es en este sentido, que el político como todo ser humano se equivoca y, lo que es peor aún, actúa con un interés elitista. Apela, además, a los sentimentalismos más que al juicio crítico, la lógica, la teoría y los principios de adecuación a la realidad que provee toda recta razón. Entonces, el interrogante final sería plantear, como aseveran Buchanan y Tullock, que "la existencia de efectos externos de la conducta privada no es una condición necesaria ni suficiente para que una actividad caiga bajo el ámbito de la elección colectiva". Esto quiere decir, que no todo lo que no puedan solucionar los agentes espontáneos de la sociedad civil debe caer necesariamente en manos del Estado, porque, finalmente, habrá que buscar otras soluciones que no dependan del poder burocrático.