Hay una calidad enigmática en el pensamiento de Karl Barth, algo que recuerda a la orilla rocosa de un mar interminable. En su vasta obra, particularmente en La Dogmática Eclesiástica, Barth nos invita a contemplar no un paisaje amable ni un sendero delineado, sino el abismo insondable de la gracia divina. Su teología es un recordatorio urgente de que Dios no es un concepto que podemos domesticar, ni una idea que podamos manejar con ligereza. Es como si Barth nos tomara de los hombros, nos girara hacia el horizonte infinito, y nos dijera: “¡Mira! No hay otra realidad más allá de esta: el Dios que viene hacia nosotros, absolutamente otro, absolutamente cercano”.


































