En el fútbol, como en la vida, hay momentos que golpean la puerta y no esperan turno. Llegan como centro llovido al área chica: o la empujás o la pelota se pierde (como el gol del DAD a GyE Mendoza). Y en Unión, hoy, la pelota tiene nombre y apellido. Diego Armando Díaz. DAD. Como un guiño del destino futbolero, como si la historia insistiera en escribir con tinta de potrero.
Porque los números, esos que a veces parecen fríos pero nunca mienten, están diciendo algo que ya se escucha en las tribunas y se siente en la cancha: Díaz es el jugador rojiblanco con mejor promedio de gol en relación a los minutos jugados. En criollo: entra y moja. Juega poco y convierte. Le dan migajas de tiempo y devuelve goles. Y en un equipo donde el arco rival a veces parece achicarse, eso no es un detalle menor; es una señal.
La estadística, claro, no gana partidos sola. Pero tampoco puede ignorarse. Sobre todo cuando el delantero demuestra que no necesita noventa minutos para dejar huella. Entra con hambre, con esa ansiedad noble del que sabe que cada pelota puede ser la última oportunidad. No especula, no camina el partido: lo juega como quien sabe que la vida deportiva se le puede escapar en cualquier cambio.
Y ahí aparece la pregunta inevitable, esa que ya baja como murmullo desde Pujato y de las plateas y se transforma en canto en La Bomba: ¿no llegó la hora de darle la camiseta desde el arranque?
Leo Madelón lo va llevando de a poco. El hincha tatengue ya tomó partido. Y el hincha, se sabe, puede equivocarse en muchas cosas, pero rara vez falla cuando detecta entrega. Díaz genera identificación porque su historia no viene envuelta en promesas de marketing ni en fichas millonarias. Viene del sacrificio, de pelearla, de recorrer el camino largo. Del jugador que tuvo que remarla lejos de los flashes hasta que alguien se animó a mirarlo en serio.
Por eso cuando su nombre retumba como el lunes por la noche en el 15 de Abril no suena solo como pedido futbolístico. Es un gesto de pertenencia. El hincha reconoce en él algo propio: el laburante del fútbol, el que no nació estrella sino que se hizo a puro esfuerzo. El que honra, además, un nombre pesado en la cultura futbolera argentina: Diego Armando. Casi una obligación simbólica de no rendirse jamás.
Y ojo: nadie discute la experiencia ni la capacidad de Madelón para leer partidos y armar equipos competitivos. El técnico conoce como pocos el ADN de Unión y sabe cómo se juega con esta camiseta. Además, el buen momento de Tarragol y Estigarriba se la hacen más difícil. Pero el fútbol también exige escuchar el momento. Y el momento de Díaz parece estar pidiendo pista con luces altas.
Leonardo Carol Madelón y Nicolás Vazzoler. Foto: Juan Manuel Foglia.Porque el gol es un bien escaso. Y cuando aparece un delantero que convierte con pocos minutos, que entra enchufado, que no se esconde y que además contagia energía, lo lógico es probar qué pasa cuando se le da continuidad. A veces, el salto de calidad no viene de afuera sino del banco propio.
La gente ya eligió. Cada vez que el cuarto árbitro levanta el cartel y aparece el 29, el estadio reacciona. Hay expectativa, esperanza, esa sensación de que algo puede pasar. Y eso, en tiempos de fútbol calculado y emociones administradas, vale oro.
Quizá no se trate solo de un cambio táctico. Tal vez sea, simplemente, darle una oportunidad al jugador que convirtió la espera en virtud y los pocos minutos en goles. El que no pide nada más que cancha.
El fútbol, al final, siempre premia al que insiste.
Y Diego Armando Díaz insiste.
Teléfono para Madelón. La hora del DAD parece haber llegado.