- Por supuesto. El problema es que estas coaliciones son de conformación múltiple. Adentro de la oposición hay un sector que gobierna, provincias, ciudades. Y hay otro sector de oposición, que no concibe la política desde la posibilidad de gobierno. Entonces, apuesta a la disrrupción, a la oposición por la oposición misma; su negocio está en la proclama. Y lo mismo pasa en el peronismo: el Frente de Todos tiene sectores que son absolutamente cercanos al anti-sistema, y otros que están constituidos por gobernadores, intendentes, que saben perfectamente que no se puede gobernar sin presupuesto. Esa gente se junta. Hay una cultura de gobierno muy fuerte; casi todas las provincias están bien gobernadas, están en caja, más allá de que puedan tener deudas. En la discusión con el Fondo, el déficit de la provincias no fue un tema. Lo que hay que discutir es el Estado nacional, la desmesura, la concentración, ciertas políticas que han llegado al límite. Me parece entonces que las coaliciones se van a ir ordenando en función de las exigencias de gobierno. El radicalismo, por ejemplo, es un partido con experiencia, vocación y expectativa de gobierno. Entonces, lo que necesitan es un escenario de previsibilidad. Por eso la mayor fuerza en pos del acuerdo con el Fondo ha venido de los gobernadores. En el PRO hay ex radicales, ex peronistas, otro sector que viene del mundo de las ONG, y otro del mundo empresario. Tienen propósitos distintos, imágenes distintas de la gestión del poder y de los tiempos y las responsabilidades. Entonces, en estas crisis que ponen a prueba la resistencia de los materiales, se ve como compiten esta cultura de gobierno con esta cultura de la oposición. Me da la impresión de que Alberto Fernádez forma parte de una cultura de gobierno. Fue en parte artífice del gobierno de Néstor Kirchner, donde estaban integradas personalidades de distintos partidos, e incluso partidos. El Alberto Fernández actual, con una vocación hegemónica, no puede gobernar. Porque el país no está para hegemonías.