"Qué harían ustedes si alguien irrumpe en su habitación cuando están durmiendo. Les patean la puerta. Uno se tiene que defender", dijo Facundo Castro el 16 de agosto de 1999 dentro del pasillo del Pabellón Juvenil de la Cárcel de Las Flores. Él sostenía en su mano derecha una pistola de grueso calibre y tenía como rehén a uno de los guardias que habían ingresado esa madrugada a su celda para hacer una requisa sorpresiva. A su lado, un interno llamado Mario Gustavo "Cepillo" Salinas se escudaba detrás de otro de los uniformados, al que le apoyaba una "chuza" en el cuello y otra abajo de las costillas del lado derecho. No se veía, pero también llevaba un revólver en su cintura. En su rostro, Castro todavía tenía la sangre del penitenciario Marcos Sánchez, a quién había ejecutado a balazos minutos antes. Del otro lado de la reja estaba la prensa. Los amotinados habían pedido a las autoridades que dejen pasar a periodistas para bajar sus armas y entregarse. Ambos fueron condenados meses más tarde.
































