Antes del incendio que dejó al descubierto el funcionamiento de uno de los geriátricos de barrio Nuevo Horizonte, puertas adentro —según el relato de un extrabajador— se vivía una realidad marcada por el abandono, la precarización y el miedo.
El hombre trabajó durante gran parte de 2025 en uno de los hogares investigados y aseguró que los adultos mayores sufrían abandono, alimentación insuficiente, medicación excesiva y restricciones para salir. Su declaración será incorporada a la causa que investiga el MPA.

Antes del incendio que dejó al descubierto el funcionamiento de uno de los geriátricos de barrio Nuevo Horizonte, puertas adentro —según el relato de un extrabajador— se vivía una realidad marcada por el abandono, la precarización y el miedo.
J.A., quien trabajó durante gran parte de 2025 en dos de los hogares administrados por la principal investigada de la causa, decidió contar lo que asegura haber visto durante esos meses. Su testimonio coincide en numerosos aspectos con los aportados por otros exempleados, familiares y residentes: habla de adultos mayores sedados para mantenerlos tranquilos, escasa alimentación, falta de controles médicos, restricciones para salir del establecimiento y presuntas maniobras con la documentación y los recursos económicos de los residentes.
"Yo trabajé desde fines de enero hasta casi noviembre del año pasado. Primero estuve en el geriátrico de Salvador del Carril y después, cuando abrió el de Cabaña Leiva, también trabajé ahí. Por eso puedo decir que todo lo que contó Luis Arriola es verdad. Yo lo vi con mis propios ojos", afirmó.
Según su relato, cuando una persona ingresaba al hogar le retenían la documentación personal y las tarjetas donde cobraba sus haberes.
"Después prácticamente no podían salir. Si alguno quería caminar por el barrio estaba prohibido. Luis Arriola muchas veces se desesperaba porque quería salir aunque fuera un rato. La respuesta era darle quetiapina para que estuviera dopado porque molestaba".
El extrabajador asegura que una frase se repetía con frecuencia y todavía hoy le resulta imposible olvidar. "'De acá va a salir con los pies para adelante, en un cajón'. Lo decía delante de todos".
La alimentación, sostiene, era otra de las principales preocupaciones. "Había días en que no teníamos qué darles de comer. Terminábamos comprando alimentos con plata nuestra porque no podíamos mirar para otro lado. Llamábamos para avisar que faltaban cosas y nadie atendía el teléfono".
Describe una rutina basada casi siempre en los mismos alimentos. "La mercadería llegaba una vez por semana. Eran fideos, polenta y algunas hamburguesas. El desayuno era mate cocido con dos rodajas de pan y la merienda era igual. Si consumían más pan del previsto se enojaba. Nosotros tratábamos de darles un poco más porque nos daba mucha pena".
J.A. también describió las condiciones laborales que, según afirma, soportaban quienes trabajaban en el lugar. "Estaba completamente en negro. Me pagaban 12 mil pesos por una guardia de ocho horas y, muchas veces, ni siquiera cobraba porque no atendían el teléfono".
Con el paso de los meses, asegura que quedó prácticamente a cargo del funcionamiento cotidiano del hogar.
"Había jornadas de 24 y hasta 48 horas seguidas. Si faltaba un compañero tenía que arreglarme solo con 16 o 18 abuelos. Lo hice porque necesitaba trabajar y porque tengo un hijo".
Uno de los aspectos que más lo impactó fue, según sostiene, el uso permanente de medicación para mantener tranquilos a algunos residentes.
"A muchos les daban quetiapina, clonazepam y alprazolam para que durmieran. Me acuerdo especialmente de Pancho. Si seguía despierto, la orden era darle más medicación y, si aun así no dormía, había que atarlo porque molestaba".
También cuestionó la atención médica. "Había personas que necesitaban ir al hospital y no las llevaban. Recuerdo el caso de Rosalía, que sufría muchísimo por un problema en las piernas. Recién la trasladaron cuando prácticamente ya no daba más. El médico iba cada quince días y atendía a todos en muy pocos minutos".
Al igual que otros testigos, J.A. sostuvo haber presenciado maniobras vinculadas con préstamos bancarios. "A Pablo lo llevaron al Banco Santa Fe para firmar un crédito que supuestamente era para una operación. Esa operación nunca existió. Con Luis Arriola pasó algo parecido. Antes de sacarlo le daban medicación porque quería escaparse y lo llevaban medio dopado. No entiendo cómo esos préstamos pudieron aprobarse".
El extrabajador asegura que decidió abandonar el empleo cuando la situación se volvió insostenible. "Ni siquiera me reconocían el colectivo y todavía me debían plata. Cuando avisé que no volvía más, me dijeron que el hogar no podía pagar más de 12 mil pesos por día. Pero era un geriátrico privado donde cobraban alrededor de un millón y medio por cada residente".
También denunció que, tras su salida, comenzaron las descalificaciones personales. "Se burló de una enfermedad por la que cobro una pensión y también de mi orientación sexual. Nunca se lo voy a perdonar".
Para J.A., detrás de todo existía una lógica económica. "Siempre sentí que para ella los abuelos no eran personas. Eran un negocio. Cada adulto mayor que ingresaba significaba más plata".
El exempleado confirmó que se presentará espontáneamente a declarar ante el Ministerio Público de la Acusación para incorporar formalmente su testimonio a la causa. Sostiene que su objetivo es colaborar con la investigación para que se determinen las responsabilidades que correspondan y que ninguna otra persona mayor vuelva a atravesar una situación similar.





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