Fue un sábado cualquiera, de esos en que el sol comienza a apagarse detrás del humo de los asados y la rutina de los patios santafesinos. Pero en una casa modesta de calle Dorrego al 2100, en Santo Tomé, el aire se volvió irrespirable por otras razones. Allí, H., de 52 años, decidió ponerle fin a su vida de la manera más brutal: ingiriendo nafta, rociándose con el combustible y prendiéndose fuego.



































