El calendario marca diciembre y, casi sin darnos cuenta, se activa una especie de cuenta regresiva emocional. Balances, pendientes, metas incumplidas y expectativas para el año que empieza aparecen en cascada.
El fin de año no es un examen ni un punto final, sino una estación más del camino. La presión por “cerrar etapas”, cumplir objetivos y arrancar enero con cambios drásticos puede disparar ansiedad, culpa y agotamiento emocional. Una profesional brindó claves para entender qué nos pasa y cómo atravesar este período con mayor equilibrio.

El calendario marca diciembre y, casi sin darnos cuenta, se activa una especie de cuenta regresiva emocional. Balances, pendientes, metas incumplidas y expectativas para el año que empieza aparecen en cascada.
Sin embargo, la Dra. María Verónica Prendes, psiquiatra (M 4229), dijó a Vivi Mejor que gran parte del malestar que emerge en esta época no tiene que ver con cambios reales en la vida cotidiana, sino con la mirada que ponemos sobre ese cierre simbólico.
“Termina un año y tenés las mismas cuentas, el mismo trabajo, los mismos hijos, los mismos padres que asistir. Lo que cambia es que la mente le da un sentido de finitud, y todo lo que termina se vive como una pérdida”, explicó.
Esa sensación de cierre impulsa a hacer balances forzados y a preguntarse qué se hizo, qué faltó y qué debería ser distinto, muchas veces con un nivel de exigencia difícil de sostener.
Según Prendes, el problema no está en reflexionar, sino en cómo se hace. El balance de fin de año es una construcción cultural: si el año terminara en julio, ese mismo ejercicio se haría a mitad de año.
“No tiene un porqué real. Lo que sirve es preguntarse si el año que viene uno quiere seguir haciendo lo mismo, con la misma intensidad, si ese camino fue beneficioso. El error está en buscar resultados y no valorar el proceso”, señaló.
La psiquiatra insistió en que los resultados no siempre coinciden con el cierre del año calendario. “Yo estudié Medicina seis años. No tuve el resultado el primer año, pero estaba dentro del proceso. El norte estaba claro, pero no cerraba en un año”, ejemplificó. Pretender que todo tenga una conclusión el 31 de diciembre solo alimenta frustración.
Esa sobreexigencia suele derivar en ansiedad. “Es una cascada: el sentido de finitud lleva a la ansiedad. La ansiedad es un mecanismo de defensa ante la incertidumbre, pero se vuelve patológica cuando está en exceso, cuando todo el sistema de alarmas está encendido”, describió.
En ese estado, el cuerpo y la mente no encuentran descanso, lo que puede derivar en agotamiento emocional y síndrome de burnout.
Lejos de traer alivio inmediato, el comienzo del nuevo año puede intensificar el malestar. Muchas personas llegan a enero con la sensación de fracaso por no haber cumplido sus metas. “Vienen con el látigo en la espalda, pensando que como no lograron lo que querían, no van a ser merecedores de que el año sea diferente”, advirtió Prendes.
En ese contexto aparece la culpa, muchas veces autoinfligida: no empezar distinto, no cambiar hábitos de manera radical, no estar a la altura de lo que se espera. Para la especialista, la clave está en el diálogo interno. “Vos sos tu mente: puede ser tu aliada o tu peor enemiga. No hay peor enemigo que uno mismo”, afirmó.
La diferencia está en cómo se dicen las cosas. No es lo mismo pensar “fui un fracaso” que reconocer “esto no salió como creía, pero puedo intentar hacerlo distinto”. Esa amabilidad con uno mismo es central, porque nadie puede sostener un cambio desde el castigo constante.
Uno de los conceptos que atraviesa toda la mirada de Prendes es el del proceso y la adaptación. No se trata de fijar grandes objetivos anuales, sino de trabajar con metas pequeñas y realistas. “La palabra clave es adaptación. El año te va a ir mostrando cosas nuevas y vas a tener que tener ductilidad y versatilidad”, explicó.
Adaptarse implica, incluso, aceptar situaciones incómodas o elegir decir que no. También poner en palabras lo que molesta. “Callarse ya no va más. Pero hay que decirlo bien, porque cuando lo decís mal, el contenido se distorsiona”, aclaró.
El control excesivo aparece como otro gran enemigo de la salud mental. “¿Por qué tenés que tener todo bajo control? El control no es un aliado. Hay cosas que suceden por algo, a veces las entendés y a veces no. El tiempo da la explicación”, sostuvó.
Una de las ideas más repetidas en esta época es la de “arrancar de cero”. Sin embargo, el cuerpo y la mente no funcionan como un interruptor. “No se apaga y se prende el 1° de enero. Por eso hay que resetearse todo el año”, señaló la psiquiatra.
En lugar de esperar vacaciones largas para recuperarse, propone pensar en “pequeños parajes” a lo largo del año: fines de semana distintos, pausas que saquen a la persona de la rutina y de la ansiedad proyectada hacia el futuro. “No sirve sacrificar el cuerpo hasta diciembre y parar 15 días. No alcanza para el agotamiento físico y emocional”, advirtió.
En ese camino, el movimiento ocupa un lugar central. Prendes remarca que está comprobado que la actividad física no solo mejora la sinapsis, sino que genera nuevas neuronas. “Libera endorfinas, mejora la serotonina y baja el cortisol. Para nosotros, moverse es parte del tratamiento”, explicó. Pero, nuevamente, sin exigencias extremas: metas cortas, sostenibles.
Otro factor que incide en la ansiedad de fin y comienzo de año es el bombardeo de mensajes en redes sociales. Listas para “no procrastinar”, fórmulas rápidas para ser feliz o consejos de salud mental sin sustento científico. “Hay que ser criteriosos con lo que se consume. No todo el que habla está capacitado”, alertó.
Poner en palabras una experiencia personal no la convierte en un tratamiento válido para todos. La especialista subrayó la importancia de chequear fuentes y entender que la salud mental requiere abordajes individualizados.
Para la Dra. Prendes, el mensaje final es: el año emocional no empieza el 1° de enero ni termina el 31 de diciembre. “Tu año es todos los días. Es el aquí y ahora. El resignificado está en la meta corta, en el hoy”, resumió.
Mirar lo que se hizo bien, agradecer lo que se tiene —incluso la ausencia de dolor que suele naturalizarse— y soltar la idea de examen final puede aliviar gran parte de la presión. “Fin de año es una estación más del camino. Cuando la mente deja de ser enemiga, puede transformarse en nuestra mejor aliada”, concluyó.




