A pesar de la amorosidad con que suelen manejarse estos padres, la falta de estructura y límites provoca en los hijos consecuencias nefastas. Al estar acostumbrados a que sus deseos se cumplan inmediatamente, los niños tienen dificultades para manejar el "no", la espera y el fracaso, lo que les causa un padecimiento emocional, porque no toleran que les digan qué hacer, que los hagan esperar ni sentirse frustrados. Por otra parte, les cuesta cumplir reglas, seguir tareas hasta terminarlas o aplazar la gratificación, afectando su responsabilidad. Aunque parezca que son libres, pueden no desarrollar la capacidad de tomar buenas decisiones por sí mismos y sentirse perdidos o inseguros sin una guía clara. Como esperan que los demás no solamente cumplan sus deseos sino que siempre les den la razón, no lograrlo puede llevarlos a conductas impulsivas o agresivas, dificultándoles el establecimiento de vínculos y la convivencia.