Cuando hay una carga grande de sentimiento y de afecto, es lógico que haya un desborde emotivo y de pasión. Los jugadores lo exteriorizaron llorando en el vestuario. De eso no estuvieron exentos los integrantes de un cuerpo técnico muy identificado con el club. Martín Minella estaba así desde antes del partido, cuando admitió que cada dos horas se despertaba en la noche previa, pensando en el partido, o cuando sus ojos se le llenaron de lágrimas luego de recibir un llamado en el micro que lo emocionó muchísimo. Y hubo otras cosas que pasaron. El triunfo ante Almagro no fue el más importante del año – quizás lo sea si el desenlace es el que todos los hinchas de Colón esperan, porque se convertirá en un antes y un después –, hubo otros que fueron más contundentes y que dejaron cosas positivas. Pero el hecho de que hacía cinco meses que no se ganaba de visitante, que sólo se habían sacado 2 puntos en 10 partidos, que Colón venía de perder ante Brown de Adrogué como local y que se había ido un técnico, se constituían en razones suficientes para exteriorizar un estado de ánimo que a este plantel le hacía falta.



































