El siglo XXI muestra una reconfiguración de las relaciones amorosas -incluso sexoafectivas- y familiares, en función de las distintas tipologías en que éstas pueden encuadrarse. Hace 50 años, o quizás menos, el mandato social era eminentemente “nupcial”: las parejas heterosexuales “debían” casarse ante un Juez y, por supuesto, ante Dios.



































