“Señores, evitemos el papelón”. “No me corrás por ese lado, ni me tirés el reglamento interno por la cabeza”. “Traeme la versión taquigráfica, ¡dale!”. “No vamos a legitimar esta impunidad”. Gritos, reuniones poco protocolares en el recinto, un concejal que se levantó, fue a la banca de otro, le sacó una especie de “block” de notas, se la llevó a su atril y la arrojó enojado. Los dedos de los taquígrafos no daban abasto. Una concejala estaba descompuesta: “Tengo fiebre, ¿qué querés?”, se le escuchó decir. Pero su presencia era necesaria para la votación.
































