Las historias, por pequeñas que puedan parecer en un primer golpe de vista, no deben ser obviadas por el periodismo cultural y menos aún relegadas al olvido de los archivos. Porque ahí está buena parte de su razón de ser.
En el Convento de San Francisco, el artista libró en abril de 1979 una batalla paciente contra el olvido. Con precisión y calma, se dedicó a “sanar” dos lienzos de los siglos XVI y XVII que el tiempo amenazaba con devorar. Se trata de una historia hallada en el archivo de El Litoral.

Las historias, por pequeñas que puedan parecer en un primer golpe de vista, no deben ser obviadas por el periodismo cultural y menos aún relegadas al olvido de los archivos. Porque ahí está buena parte de su razón de ser.
En un momento en el cual la agenda pública tiende a inclinarse hacia lo inmediato, o a la voracidad de los algoritmos, rescatar relatos como el que publicó El Litoral el 11 de abril de 1979 es defender el arte como persistencia antes que como talento.
Mientras en Europa se destinaban cifras millonarias a la restauración del célebre mural "La Última Cena", de Leonardo da Vinci, en la ciudad de Santa Fe un artista trabajaba en algo parecido, pero lejos de toda esa espectacularidad y difusión.
Sin cámaras, sin anuncios oficiales, apenas con su oficio como arma, su paciencia y dos telas que el tiempo había comenzado a borrar, con su paso inefable, de la memoria colectiva.
La restauración de obras de arte no suele ocupar espacios centrales en el debate público. Todo lo contrario. Sin embargo, su importancia es estructural, porque sin conservación, no hay patrimonio. Y sin patrimonio, no hay memoria.
Ya en 1979, la advertencia era muy clara. En Argentina, pese a la riqueza artística e histórica, las tareas de mantenimiento eran escasas, tardías o directamente inexistentes.
Es que las obras no desaparecen de un día para otro. Se degradan lentamente, se van arrugando y desvaneciendo como organismos vivos. Y en ese proceso silencioso, la falta de intervención también es una forma de pérdida.
En ese contexto aparece la figura de Mariano Latosinski. Pintor, muralista, viajero. Formado en Europa, con paso por Medio Oriente, eligió radicarse en América y asumir una tarea que casi nunca tiene como destino los laureles.
Durante semanas, en aquel abril de 1979, trabajó en el convento de los Padres Franciscanos de Santa Fe. Su objetivo era recuperar dos grandes lienzos que estaban profundamente dañados por el tiempo y la humedad litoraleña.
No había ningún tipo de ambición de distinciones en su trabajo, pero sí un método inquebrantable. Observación minuciosa, estudio de los materiales, decisiones muy delicadas. Porque restaurar supone intervenir sin borrar y corregir sin imponer.
Las piezas sobre las que trabajaba Latosinki eran dos, ambas con algunos siglos de historia sobre sus espaldas. Por un lado, La Reina Isabel de Portugal, una obra del siglo XVI con ciertos rasgos erosionados por el paso del tiempo.
Por otro, una Crucifixión del siglo XVII que, bajo la superficie visible, tenía otras capas de sentido, entre ellas una firma oculta, una intervención ajena en la figura de María Magdalena. A cuyo descubrimiento estaba abocado el especialista, paciente y constante.
Hay un punto en el que la historia deja de ser anécdota y se convierte en argumento. La escena de 1979, casi literaria (un artista trabajando y dos obras resistiendo al deterioro) es más que una postal del pasado. Es una advertencia que sigue vigente.
Porque restaurar una obra de arte consiste en devolverle su forma original, pero también implica garantizar que siga siendo leída, interpretada y discutida en los nuevos contextos. Metafóricamente, es como "sostener" un puente entre distintas generaciones. Y eso tiene un valor.




