Un día sonó el teléfono de la redacción (ay, qué bellas eran aquellas redacciones con olor a cigarrillo, café y una rapsodia emergida del teclado de las Olivetti) y me dicen: "Che, es Ringo, para vos". Serían las tres, tres y media de la tarde de un viernes, el día que nos íbamos más temprano. Bueno, dame. Tomé el tubo y hablé con Ringo, quien me pidió una reunión urgente en el Hotel Alvear, donde vivía.



































