Ana Laura Scotta, el árbitro que garantiza seguridad, reglas claras y profesionalismo en la natación
Desde las piletas hasta las maratones acuáticas, Scotta construyó una trayectoria marcada por la formación permanente, la responsabilidad y el trabajo en equipo. En diálogo con El Litoral, analiza los desafíos del arbitraje en aguas abiertas, la evolución de los protocolos, el impacto de la tecnología y el alto nivel de profesionalización que hoy exige el deporte.
Ana Laura Scotta, el árbitro que garantiza seguridad, reglas claras y profesionalismo en la natación
El arbitraje en natación dejó de ser una tarea meramente operativa para transformarse en una función estratégica dentro del deporte moderno. La seguridad, la equidad y el cumplimiento de las reglas hoy dependen de estructuras complejas, formación constante y trabajo coordinado. En ese escenario se inscribe la trayectoria de Ana Laura Scotta.
Ana Laura Scotta es oriunda de la ciudad de Santa Fe y cursó la carrera de Profesora de Educación Física en Santo Tomé. Desde muy joven desarrolló una vocación profunda por la natación y la educación física, dos ejes que marcaron su formación personal y profesional, y que hoy se integran en su rol como árbitro y formadora dentro del deporte federado.
Inició su camino a los 17 años colaborando con la Federación Santafesina de Natación en tareas de cronometraje. Con el tiempo, fue sumando experiencia, responsabilidades y formación, participando en competencias locales, nacionales e internacionales, hasta consolidarse como árbitro en piscina y en aguas abiertas.
Para Scotta, ambos ámbitos presentan lógicas completamente distintas. La natación en pileta se desarrolla en un entorno controlado, con tiempos, espacios y condiciones estables. Las aguas abiertas, en cambio, implican un contexto imprevisible, atravesado por variables climáticas, temperatura, corrientes y características propias de cada espejo de agua.
Las maratones acuáticas requieren coordinación entre árbitros, organización y fuerzas de seguridad.
Esa diferencia convierte a la adaptación permanente en una competencia central del arbitraje. La lectura del entorno, la anticipación de riesgos y la toma de decisiones en tiempo real forman parte de una tarea que exige preparación técnica, experiencia y capacidad de gestión bajo presión.
Seguridad, protocolos y trabajo interinstitucional
En las competencias de aguas abiertas, la seguridad del deportista es el eje absoluto. Las pruebas están reguladas por parámetros estrictos: límites de temperatura, condiciones climáticas, calidad del agua y protocolos de suspensión inmediata ante tormentas eléctricas o situaciones de riesgo.
Las maratones acuáticas requieren, además, una coordinación permanente entre árbitros, organización, federaciones y organismos de seguridad. Prefectura Naval, Protección Civil, servicios de emergencia y guardavidas integran un esquema operativo que funciona de manera articulada.
La comunicación constante entre todos los actores permite intervenir rápidamente ante abandonos, asistencias médicas o situaciones imprevistas. Esa red de trabajo colectivo sostiene la integridad de la competencia y la protección de los nadadores.
Anita Scotta, junto a integrantes de la Federación Santafesina de Natación (FESANA),-
En los últimos años, los protocolos se reforzaron de manera significativa. Hechos trágicos ocurridos en competencias internacionales impulsaron revisiones profundas en los sistemas de prevención y control, elevando los estándares de seguridad en todo el mundo.
Formación continua y profesionalización del arbitraje
El arbitraje actual exige una formación permanente y una actualización constante de los reglamentos. World Aquatics (ex FINA) modifica periódicamente las normativas de natación y aguas abiertas, lo que obliga a estudiar y revisar los reglamentos antes de cada evento. El año pasado, incluso, se implementaron cambios significativos que requirieron procesos de actualización específicos.
Para desempeñarse como árbitro internacional, World Aquatics establece requisitos estrictos: sólido conocimiento de las reglas, edad mínima de 18 años y máxima de 65, dominio fluido del idioma inglés, participación en una cantidad determinada de eventos y una adecuada preparación ética, física y mental.
Ana Laura Scotta, más conocida como Anita, referente del arbitraje deportivo.
Ese esquema refleja el alto nivel de profesionalismo que hoy demanda el arbitraje deportivo. Ya no se trata solo de controlar una competencia, sino de sostener estándares internacionales de calidad, seguridad y transparencia.
La tecnología también modificó el escenario. Chips de control de tiempo, GPS, contadores de brazadas, dispositivos de monitoreo y herramientas de seguimiento del rendimiento forman parte del nuevo ecosistema deportivo. Aunque no brindan información en tiempo real al nadador, permiten controles posteriores más precisos y seguros.
Para Scotta, formar parte de eventos emblemáticos representa un orgullo personal. “La mayor satisfacción es saber que todo se desarrolló según lo planificado, con seguridad y respeto por las reglas”, sostiene. El arbitraje, remarca, nunca es una tarea individual: es siempre el resultado de un trabajo colectivo.
Su recorrido en aguas abiertas estuvo marcado también por un fuerte componente humano. El acompañamiento, la confianza de colegas y el apoyo institucional fueron claves para rendir exámenes, acceder a nuevas categorías y participar en campeonatos nacionales, sudamericanos y mundiales.
Hoy, su rol trasciende lo técnico. Garantizar condiciones justas, cuidar la vida de los deportistas y sostener la transparencia del deporte se transformaron en una responsabilidad ética. En cada competencia, el arbitraje no solo ordena el juego: protege, previene y construye confianza.