Lloraban y reían. Los que lloraban, lo hacían de emoción. Los que reían, también. Y alegría pura, claro. Acababan de ver una demostración magnífica de alguien que ya no soporta adjetivos calificativos. Su figura, su calidad extrema, su aura y sus números, exceden todos los términos que ofrece una lengua española que no nos da la posibilidad de encontrarlo. O en todo caso, Messi, en su calidad de ser sobrenatural, supera la riqueza de un idioma “incompleto”. Al menos para calificarlo a él.




































