El 5 de junio salí de Santa Fe rumbo a Buenos Aires para tomar un avión con destino a Miami. Podría decir que ese fue el comienzo de mi Mundial. Pero estaría mintiendo. Mi Mundial había empezado mucho antes. Había comenzado casi un año atrás, cuando las sedes todavía eran un mapa sobre la computadora, cuando los hoteles se reservaban sin saber si Argentina llegaría hasta allí y cuando las ciudades eran apenas nombres que uno repetía una y otra vez tratando de imaginar cómo serían.



































