La palabra “diferencia”, por su parte, introduce la tensión del conflicto realista. No hay realismo sin el registro de las asimetrías, de las distancias y de las decisiones que separan a los seres humanos, y este libro está atravesado por distancias insalvables. En “Europa”, la pareja se rompe porque son “muy distintos, muy distintos”: ella habita la vitalidad urbana, él la introversión. En “Aquel día, en el quebracho” la diferencia es la brecha entre los señores porteños que lloriquean y la dignidad sufrida de los hombres y las mujeres de la montonera. El peso definitivo de la palabra se consagra en el último cuento, “La diferencia”, cuya protagonista se enfrenta a la ilusión de hacer una diferencia económica si se marcha a la ciudad. El texto juega de manera brillante con esa promesa del progreso material. Sin embargo, la chica descubre otra diferencia: la que radica en el valor del arraigo, en el cuidado de la abuela, en el reconocimiento de su propio paisaje y de sus afectos cotidianos. Bajarse de ese colectivo es elegir marcar una diferencia humana y ética frente a la fuerza del capital.