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Mariana Eva Pérez rescata la voz de sus abuelos para contar un romance atravesado por la memoria

En “Constanza y Matute (hacen la porquería)”, la autora argentina trabaja una voz autoficcional para narrar una historia de amor entre hijos de desaparecidos (una de ellos, antropóloga forense).

Mariana Eva Pérez rescata la voz de sus abuelos para contar un romance atravesado por la memoriaMariana Eva Pérez rescata la voz de sus abuelos para contar un romance atravesado por la memoria

Lunes 3.8.2026
 12:48hs
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Actualizado al Lunes 3.8.2026 13:07hs
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Leonardo Pez
Por: 
Leonardo Pez
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Escenarios y Sociedad

Mariana Eva Pérez nació en Buenos Aires en 1977. Es licenciada en Ciencia Política (Universidad de Buenos Aires) y doctora en Literatura Románica (Universität Konstanz, Alemania). Publicó “Diario de una princesa montonera - 110% Verdad” (Planeta, 2021), y “Fantasmas en escena. Teatro y desaparición” (Paidós, 2022), tesis doctoral que recibió el Premio de Promoción Científica de la Ciudad de Konstanz (2021). “Constanza y Matute (hacen la porquería)” es su último libro.

Escribió la dramaturgia de obras que se representaron y publicaron en Argentina y en el extranjero, como “Instrucciones para un coleccionista de mariposas” (2002), “Ábaco” (2008), “Peaje” (VI Premio Germán Rozenmacher, Fiba, 2009) y “Antivisita/Formas de entrar y salir de la Esma” (2022). También coeditó “El pasado inasequible. Desaparecidos, hijos y combatientes en el arte y la literatura del nuevo milenio” (2018) y participó de las antologías “Infancias sobrevivientes” (2025) y “Materia de memoria” (Emecé, 2026).

Es becaria postdoctoral del Conicet, donde investiga las producciones culturales de infancias afectadas por el terrorismo de Estado. Integra el Grupo de Estudios sobre Teatro Contemporáneo, Política y Sociedad en América Latina (Instituto de Investigaciones Gino Germani, UBA) y ha publicado numerosos artículos en revistas académicas. Es querellante en juicios de lesa humanidad y ha participado de diversos proyectos que combinan activismo, ciencia y artes.

Irse al pasto

“Constanza y Matute (hacen la porquería)” fue publicado al poco tiempo de la edición de “Materia de memoria”, volumen en el que Victoria Torres compila textos de infancias en dictadura. Mariana Eva participó en él con “La carta de Matías”. “En el apuro volví a encontrar una voz para hablar de algo que tenía muchas ganas de hablar: una carta de mi papá”. En este punto, la autora establece una digresión: “Más allá de mis evidentes daddy issues, como haberle puesto el nombre de guerra de mi papá al protagonista [de ‘Constanza y Matute...’], veo un mayor parentesco con la voz autoficcional del ‘Diario de una princesa montonera’. Ese gesto de agarrarme de algo que fue una mierda y tratar de hacer algo que, con suerte, tenga el plus de cierta belleza o de algún hallazgo feliz”.

En el marco de una beca postdoctoral de Conicet, Pérez estudió las producciones culturales “hijis” (es decir, el entramado artístico creado por hijos e hijas de desaparecidos). “Vengo trabajando mucho en el agotamiento de ciertas formas de ciertos discursos y de ciertas narrativas. Entonces, apareció la pregunta de cómo redoblar ciertas cosas. O qué podía no haber sido dicho todavía. En el campo artístico y en el campo de la memoria es importante irse al pasto, en esa clave hay algo para contar. Me interesaba hablar de los efectos de la dictadura y no hablar casi nada de los desaparecidos. Matute encarna esa idea: él no quiere ser definido por eso que pasó ni ser definido como hijo desaparecido”, explica la escritora.

La trama que desencadenó en la novela viene de otros no-lugares también. Uno de ellos es la era de avance de la ultraderecha que gobierna en distintos puntos del globo. “Fue un tiempo largo de evasión en un momento muy adverso con toda la historia que vivimos. Con lo que se pensó que eran conquistas y todo lo que era posible ‘rizar el rizo’ a partir de lo ya conquistado. Para mí, fue deprimente y enloquecedor este nuevo ciclo tan recargado, con componentes ya no de negacionismo, sino de una reivindicación lisa y llana. La novela fue un lugar feliz todo este tiempo. De alguna manera, me burlo de mí misma en la cuestión masturbatoria, un poco pajera, de irse a ese otro lugar a escribir, abstraerse”.

“En el campo artístico y en el campo de la memoria es importante irse al pasto, en esa clave hay algo para contar”, desarrolla Pérez sobre uno de los motores de la obra. Foto: Gentileza Planeta

Una serie (de recursos)

El libro conjuga una multiplicidad de discursos, desde la jerga de la antropología forense hasta el lenguaje teatral y cinematográfico. “A la casa de Matute me la imaginé reconstruida en una película tipo Campanella. Pero esas casas existen”, refuerza Pérez. “Yo vengo más bien de la escritura teatral, tengo cero formación cinematográfica. Soy re pochoclera. Esta novela reivindica lo pochoclero, en muchos sentidos. Tuve imágenes que me parecía que eran de rom-com, de serie. En mi mente fue una serie de Netflix, yo la vi. Estaba llena de escenas y de diálogos que sobraban -y que generalmente en las series quedan-, yo los tuve que sacrificar. Si no, hubiera tenido 800 páginas”, amplía entre risas.

Mariana Eva encuentra en la infinidad de recursos un canal para expandir las posibilidades narrativas de la obra. “Los estudio, realmente me inspiran. No solamente los temas, sino las estrategias para hablar de ellos. Los compañeros son muy talentosos y por eso digo, medio en joda pero totalmente en serio, que la única orga que yo reconozco es la literatura hiji. El libro es un despliegue de todo lo que pueda servir: el humor, el sexo. Hay una necesidad de seguir hablando de algo que nos atraviesa y no se agota”.

“Hay ganadores y perdedores de las políticas de la memoria. Constanza y Matute, de manera muy distinta, están del lado de los perdedores”. Foto: Gentileza Planeta

No zafa nadie

La casa de Matías Lorenzo Agüero (Matute) está sucia y tiene olor feo. Es un fiel reflejo de él, un varón desgreñado que viene a generar una contradicción al feminismo visceral de Constanza (integrante del Grupo de Antropólogos Forenses Argentinos, alusión al Equipo Argentino de Antropología Forense). “Es un varón total, un varón viviendo solo”, grafica la autora. Un “soltero grande y mañoso, absolutamente insoportable” al que se le marca la remera con la soga porque no se da cuenta que no tiene que dar la ropa al sol en la terraza. “Ella se enamora de todo esto. Me parecía raro en el post feminismo escribir una oda al amor heterocis, pero también es una de las formas”.

Diego es el amigo varón de Constanza. Un amigo en común con Matute. “Me venía bien para traer información sobre Matute, que es un personaje muy parco. También me gusta cómo se muestran esos dos tipos de amistades de larga data y pensar cuánto puede haber de inercia, de amistades que ya no elegirías”.

Además del vínculo con Matute y Diego, la trama se sostiene en la tirante relación entre la protagonista y su amiga Marcia. “Constanza y Matute son muy escondedores. Ninguno se franquea del todo con el otro. Necesitaba la figura de la mejor amiga para que le devuelva a Constanza, como en un peloteo, lo que ella no se dice a sí misma, las verdades que no quiere admitir. Al mismo tiempo, es cierto que cuando tenés hijos, la disponibilidad a pseudo-maternar a una amigas sin hijos cambia”.

En este punto, la investigadora radicada en Alemania profundiza en un debate. “Hay algo en torno al feminismo -porque no es el feminismo quien trae este discurso-, una idea un poco sobrevalorada de la amistad entre mujeres como reacción a la idea de que las mujeres no somos amigas entre nosotras. Me interesaba mostrar que la amistad entre mujeres tampoco es un vínculo idealizado. Acá no zafa nadie ni nada... y la amistad entre mujeres tampoco. Podés ser carne y uña cuando estás a miles de kilómetros y después cuando tu amiga está en el país y te necesita, esa amistad no era tan fuerte. De pronto, le vendés un auto usado. Marcia es aprovechadora”.

La figura de Marcia también abre paso a otras reflexiones. “Aunque nunca se menciona al kirchnerismo, me interesaba traer esa figura en un sistema endogámico como el de la novela. Traer a quienes ganaron en aquellos años desde distintos lugares. Desde el Poder Ejecutivo y desde el Poder Judicial, asumieron roles, intentaron cosas (salieron bien, salieron mal), pero en el medio ganaron mucho también. Y eso también traza una diferencia: hay ganadores y perdedores de esas políticas de la memoria. Constanza y Matute, los dos de manera muy distinta, están del lado de los perdedores”.

“En mi mente fue una serie de Netflix, yo la vi”. Foto: Gentileza Planeta

¡Dejate de escorchar!

“Constanza y Matute (hacen la porquería)” se divide en tres actos: Investigación preliminar, Joyas en el barro y El derrape. La voz narradora se sostiene, entre otras razones, por el uso de un código entre lunfardo y ricotero. Valgan dos ejemplos: desangelado y enfurruñado. Mariana lo reconoce como un registro propio, de la intimidad. “Era la forma en que se hablaba en mi casa y, en ese sentido, el libro trata sobre mis abuelos”, revela. “Es un libro sobre la forma en que se hablaba en casa, pero no solamente desde las palabras sino por cierto humor. La abuela que me crió se llamaba Argentina. Creo que nunca le escuché decir nada en serio, nada que no fuera un chiste (un chiste boludo como decir mal una letra). Estaba alejada de la solemnidad todo el día”.

El primer blog que tuvo Pérez se llamó “Decía mi abuelo” (sigue activo). Allí reunía expresiones de José Manuel Pérez, como pedacitos de tangos, chistes arrabaleros, cosas de la radio, palabras que él decía mal. “A pesar de que ninguno de los abuelos de Constanza y Matute es ninguno de mis abuelos, los metí a todos en el cubilete y salió otra cosa. ¡La palabra ‘cubilete’ también! Si empiezo a hablar así no paro jajaja. Yo soy una señora del año 1930 en el fondo. Un señor, en realidad, del año 1930. Confieso que me volvieron muchas cosas que tenían que ver con mi infancia en esto de vivir en un mundo ficticio. Yo vivía con mis abuelos, entonces jugaba sola todo el día. Y jugar, para mí, era inventarme historias y voces. Confieso alguna vez haber estado sola y haber hablado en voz alta. Yo tengo adentro esas voces sonando. Tengo muy claro qué dirían y qué no. Sé exactamente cómo gruñe Matute”.

Esta fue la base del encuentro mágico entre los mundos lingüísticos de Constanza y Matute. “Son dos personas que, supuestamente, se conocen y se enamoran. La magia nace de una forma de hablar en la que se reconocen y encuentran algo perdido, algo que no comparten con otros. Aunque no sean mundos exactamente iguales porque el de Constanza es más televisivo. Pero fue muy divertido hacerlo. Estuve cambiando cosas hasta el final. No me había entrado ‘Dejate de escorchar’... ¡y entró en la última galera!”.

-Da la impresión de que la figura de los abuelos y abuelas de las infancias en dictadura no está lo suficientemente narrada.

-Yo creo que ahí hay algo para contar todavía: lo que hicieron esos abuelos y abuelas en la intimidad de sus hogares fue algo increíble. Se hicieron cargo de nosotros con lo que tenían y con lo que pudieron en una situación adversa y enloquecedora, sin poder darnos explicaciones de lo que pasaba porque no las tenían. Realmente son héroes. Lo que pasa es que como todavía no se puede ver demasiado a las infancias en la imagen de la dictadura, tampoco se puede ver ese vínculo. No sé qué hubiera sido de nosotros sin nuestros abuelos, sin nuestras familias.

“Lo que hicieron los abuelos y abuelas en la intimidad de sus hogares [de las infancias en dictadura] fue algo increíble. Son héroes”, agradece Mariana Eva. Foto: Gentileza Planeta

Herida abierta

-¿Sentís una necesidad especial de volver a hablar de estos temas en un contexto como el actual?

-En 2022 estrené con mi prima, Laura Kalauz, una performance que se llama “Antivisita: Formas de entrar y salir de la Esma”. En ese momento, sentíamos que era un gesto medio melancólico, demodé. Y dos años después, con el gobierno de Milei, era la obra de denuncia que yo nunca pensé que iba a estar haciendo.

Uno se acostumbró a que la palabra denuncia tuviera un mote de palabra anticuada. Pero, de pronto, había que volver a decir que secuestraron mujeres embarazadas, las torturaron, las hicieron parir en un sótano, les robaron los bebés y no sabemos dónde están esos bebés. Parecía que nos habíamos olvidado de todo esto. Y nos encontramos con que algo de eso tenía una centralidad que no había perdido nunca, en realidad.

En mi tesis doctoral estudié la espectralidad (haunting): la figura del fantasma viene a cifrar aquello que no está resuelto. Es una injusticia que hay que reparar. Justamente por eso aparecen los fantasmas en el arte. Es real: no hemos cerrado este tema. No se saldó con los pocos e insuficientes juicios que no abarcaron a todos. Ni con que algunos de nosotros haya podido elaborar lo que les pasó, dedicarse a las artes o a la política y tener una vida mejor. Hay miles que no.

Yo participé en el juicio Fuerza Aérea Zona Oeste [Mansión Seré IV / RIBA II / Moreno I]. Hay compañeros y compañeras que, a simple vista, te dabas cuenta que no les tocó una situación como la tuya... ¡porque venían a declarar sin dientes! Simplemente hay que querer mirarlo porque esa realidad está ahí. Estas desigualdades también tienen responsabilidades. Yo con eso estoy enojada y por eso cargo las tintas con el personaje de Diego (a pesar de que le marca algunas cosas a Constanza en las que él tiene razón). Me interesa mostrar esa contradicción en los que asumieron la función pública, que no fueran solo llanos, porque tienen cosas que a mí me hacen ruido. ¿Qué pasó con esa capacidad de imaginar otro mundo? ¿Y las ganas de jugárselo todo para hacerlo posible? No fue hace tanto. Fue hace una generación en mi caso.

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