Ingresar al astillero del carpintero naval Don Manuel Rosendo en el puerto de El Buceo de Montevideo, Uruguay, es penetrar en una atmósfera de maderas, aserrín y cuñas apiladas por el tiempo, como si fuese una suerte de teletransportación al pasado. Allí trabaja el hombre de 87 años, enamorado de su oficio. Construye veleros. Barcos que luego parten desde esa ribera oriental del Río de la Plata con diferentes rumbos hacia distintos puertos del mundo. Un oficio casi perdido, el de trabajar la madera para soltarla a la mar impulsada por viento con un paño blanco, majestuoso, crujiente, vivo.


































