Los desgarrones de sus muros, antes fuertes y elegantes, la caída de mamposterías, expresaban a la feligresía y a cualquier santafesino preocupado por la conservación del patrimonio cultural urbano, que las filtraciones de agua de los techos, la deformación, pérdida de compacidad y oxidación de las chapas de cobertura, las fisuras cada vez más abiertas en los encuentros del techo con los muros de encastre, el taponamiento de las canaletas de desagüe por falta de rutinas de mantenimiento, la creciente permeabilidad de los materiales constructivos, la profunda afectación de la gran cúpula, pieza estelar de la arquitectura local y, durante décadas, punto de referencia geográfica para ciudadanos y visitantes de Santa Fe de la Vera Cruz, transmitían, día tras día, uno tras otro, mensajes de que algo malo estaba pasando en las entrañas del complejo edilicio.