Aquí me detengo porque dudo entre presentar a Rosa como la heredera, a través de su padre Ramón, de la cultura Mocoví, encarnando un pasado que va disolviéndose, reintegrándose al paisaje de la costa, como regresando a su orígenes. Mostrarla cuando hace su primera aparición en la novela: esa muchacha experta en la pesca, que se entra desnuda en el río; esas líneas de Ulrich cargadas de sensualidad, una sensualidad que Rosa aún no conoce que posee. Presentarla escondida, agazapada, curiosa y silenciosa, observando a Varela, que percibe una presencia y sospecha, acertadamente, que en un ser salvaje lo ronda. O alcanzárselas, silvestre y natural como un pájaro, recordándole a Varela, que subyugado la mira sin poder voltear la cabeza, que el problema del deseo y de la mujer ha viajado con él, acompañándolo en su huida.