Por Claudio H. Sánchez (*)
El 27 de agosto de 1920, un grupo de entusiastas conocidos como "Los locos de la azotea" y liderados por Enrique Telémaco Susini trasmitieron la ópera Parsifal, de Richard Wagner, desde los altos del Teatro Coliseo de Buenos Aires.

Por Claudio H. Sánchez (*)
El camino que conduce a las primeras trasmisiones de radio comienza alrededor de 1870, cuando el físico escocés James Clerk Maxwell reunió todo el conocimiento que se tenía en el momento sobre los fenómenos eléctricos y magnéticos en cuatro ecuaciones matemáticas. Estas ecuaciones demostraban que electricidad y magnetismo eran dos manifestaciones de un mismo fenómeno, el electromagnetismo, y que ese fenómeno podía propagarse a través del espacio mediante ondas que viajaban a la velocidad de la luz. Estas ondas electromagnéticas predichas matemáticamente por Maxwell fueron efectivamente producidas por el alemán Heinrich Rudolf Hertz en 1888, casi diez años después de la muerte de Maxwell.
Una vez establecida la existencia de las ondas electromagnéticas, los físicos y los ingenieros comenzaron a imaginar posibles aplicaciones. Existía, por ejemplo, el telégrafo que se usaba para enviar mensajes mediante impulsos eléctricos que viajaban a través de un cable. Las ondas electromagnéticas permitirían hacer lo mismo a través del espacio, sin necesidad de cables.
Según la tradición, el primero en hacerlo fue el italiano Guglielmo Marconi quien, en 1896 en Londres, hizo demostraciones públicas de su telegrafía inalámbrica. Sin embargo, el norteamericano de origen serbio Nikola Tesla había hecho lo mismo el año anterior en Estados Unidos. Y el equipo usado por Marconi era esencialmente el mismo que el desarrollado por Tesla. Pero Tesla era un perfeccionista y continuamente estaba haciendo modificaciones a sus equipos para mejorarlos. Marconi, en cambio, era un empresario y, aunque su sistema de telegrafía era rudimentario, procedió a explotarlo comercialmente. La oficina de patentes de los Estados Unidos reconoció la prioridad de Tesla en las comunicaciones inalámbricas en 1943. Demasiado tarde para Tesla, que había muerto unos meses antes.
El sistema de detección de Marconi consistía en una cápsula con dos contactos eléctricos y parcialmente llena de limaduras metálicas. Al paso de una onda electromagnética las limaduras se apelmazaban y permitían el paso de una corriente eléctrica entre los contactos. El problema era que, una vez que cesaba la señal, las limaduras permanecían apelmazadas y había que sacudir la cápsula para regenerar el detector. Además la electricidad atmosférica interfería las señales lo que dificultaba las comunicaciones en medio de una tormenta. Era, efectivamente, rudimentario y se necesitaba algo mejor.
En Estados Unidos, el norteamericano Lee De Forest comenzó a experimentar con un detector diferente que funcionaba con alcohol. Como las limaduras de Marconi, el alcohol también cambiaba sus propiedades eléctricas al paso de una señal electromagnética. Pero era mucho más sensible y se regeneraba espontáneamente. Luego de sucesivos perfeccionamientos, el sistema desarrollado por De Forest reemplazó a las limaduras de Marconi. Hacia 1902 había estaciones de radiotelegrafía en distintos puntos de Estados Unidos, el Caribe y Europa. Además, se realizaban comunicaciones inalámbricas entre barcos en alta mar.
El siguiente paso era hacer con el teléfono lo mismo que se había hecho con el telégrafo: reemplazar los cables con ondas electromagnéticas. Para eso se necesitaba un detector aún más sensible que fuera capaz de captar la variedad de volumen y entonaciones de la voz humana, la música y los sonidos en general.
De Forest había notado en una ocasión que la llama de un mechero de gas que tenía en su laboratorio cambiaba su brillo al paso de ondas electromagnéticas. Cualquier físico sabía que los gases calentados eran especialmente sensibles a cambios de condiciones como presión o temperatura, por lo que un detector con gas sería más sensible que el detector de alcohol usado hasta ese momento. Como un mechero encendido podía ser peligroso, De Forest encerró el gas en una ampolla de vidrio y lo calentó con un filamento eléctrico, como el de las lámparas incandescentes. Más tarde descubrió que el gas no era necesario y que el paso de la corriente eléctrica podía ser controlado en el vacío. Así obtuvo un dispositivo al que llamó audión. Fue la primera de las llamadas válvulas de radio, que dominaron la electrónica hasta 1960, cuando comenzaron a ser reemplazadas por los transistores, más compactos, baratos y durables. El audión hizo posible la emisión y recepción de señales de telefonía inalámbrica. En 1906, de De Forest instaló sus aparatos en extremos opuestos de su laboratorio y le habló a su ayudante. La recepción fue fuerte y clara.
Un sistema de telefonía inalámbrica era mucho más que un teléfono que no llevaba cables. Mientras que para participar de una comunicación telefónica convencional había que estar conectado materialmente a la red, una comunicación inalámbrica podía ser escuchada por cualquiera que estuviera dentro del rango de alcance del transmisor. Eso, que representaba un problema desde el punto de vista de la seguridad y la confidencialidad de la comunicación, permitía la existencia de comunicaciones masivas: un mensaje que podía llegar a miles o millones de oyentes en toda una región. Esa idea fue el inicio de la radio, como la conocemos ahora.
En febrero de 1907 De Forest empezó a hacer trasmisiones experimentales de radio desde distintos edificios de la ciudad de Nueva York. Trasmitía discursos, leía artículos periodísticos y pasaba música. También aprovechaba las emisiones para leer publicidad de sus productos, convirtiéndose, probablemente, en el primer locutor comercial de radio. En 1910 transmitió las óperas Cavalleria Rusticana e I Pagliacci, en la voz de Enrico Caruso, desde un estudio improvisado en el sótano del Teatro de Ópera Metropolitano de Nueva York. Estas transmisiones fueron interrumpidas en 1914 por el inicio de la Primera Guerra Mundial y se reanudaron hacia 1920.
Se puede ajustar la definición de "primera trasmisión de radio" para que esa distinción se aplique a la realizada por Susini y sus locos de la azotea, excluyendo las experiencias anteriores de DeForest y otros pioneros en Europa y Estados Unidos. En cualquier caso, la trasmisión de Parsifal desde los techos del Teatro Coliseo es un hito en la historia de la radiodifusión argentina y mundial.
Un sistema de telefonía inalámbrica era mucho más que un teléfono que no llevaba cables. Mientras que para participar de una comunicación telefónica convencional había que estar conectado materialmente a la red, una comunicación inalámbrica podía ser escuchada por cualquiera que estuviera dentro del rango de alcance del transmisor.
Eso que representaba un problema desde el punto de vista de la seguridad y la confidencialidad de la comunicación, permitía la existencia de comunicaciones masivas: un mensaje que podía llegar a miles o millones de oyentes en toda una región. Esa idea fue el inicio de la radio, como la conocemos ahora.
(*) Docente y divulgador científico




