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Crónica de la historia

El comisario Evaristo Meneses

Por Rogelio Alaniz

El comisario Evaristo MenesesEl comisario Evaristo Meneses

Miércoles 28.8.2013
 23:13
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Rogelio Alaniz

Si los norteamericanos cuentan con Elliott Ness, nosotros disponemos del comisario Evaristo Meneses. Fue nuestro héroe, nuestra leyenda y nuestro mito. Meneses era un tipo grandote que se peinaba a la gomina como Carlos Gardel, pero las pocas veces que se decidía a sonreír la cara parecía dolerle. Le decían el Pardo, porque era morocho y seguramente el apodo le agradaba porque se acomodaba con su figura robusta y con esas manos que parecían dos bloques de cemento. Curiosamente, esas manos hechas para empuñar la 45 o asestar trompadas, fueron también las de un aficionado a la pintura y a la escritura. Nadie lo recuerda con uniforme. Siempre de traje, gris u oscuro. Funyi algo requintado sobre los ojos y el cigarrillo colgado en la boca. Las cejas eran espesas. Tenía los ojos pequeños, inquietos, movedizos y, en contraste con su piel trigueña, eran claros. Los delincuentes le temían, pero lo respetaban y las mujeres se enamoraban de su pinta de comisario guapo. Antes de ser policía fue boxeador y, según dicen los entendidos, era bueno. Libró más de ochenta peleas y sólo perdió cuatro. Podían derrotarlo en el ring, pero nadie se dio el gusto de noquearlo. “Nunca me voltearon; apretaba los dientes y aguantaba”. Estaba hablando de su experiencia en el ring, pero también de lo que fue su experiencia en la vida. Evaristo Meneses nació en un pueblito cerca de Bahía Blanca, el 26 de octubre de 1907, que se llamaba Cuatreros. Vivió una temporada en Uruguay pero después su ciudad fue Buenos Aires. A la Policía ingresó en 1934. Lo hizo de una vez y para siempre. Meneses fue un policía con pinta de policía, orgulloso de su trabajo y de su valía. Durante treinta años ejerció su oficio con dignidad y coraje. En 1964, con cincuenta y siete años recién cumplidos lo mandaron a cuarteles de invierno. Como se dijo entonces, funcionarios de escritorio, funcionarios que en su vida habían visto a un delincuente armado de carne y hueso, lo sacaron de la calle y lo mandaron a armar expedientes en una oficina polvorienta. Siempre se dijo que a ciertos intereses corporativos, Meneses los molestaba y sobre todo, les despertaba celos. Era demasiado recto y demasiado valiente para una institución que ya adolecía de vicios y corruptelas. Al momento de pasarlo a retiro, Meneses era el policía más popular de la Argentina. Un periodista de renombre dijo que el único hombre con autoridad en la Argentina se llama Meneses. Los correos de lectores y los oyentes de la radio reclamaban para que lo nombraran jefe de Policía. Lo que hicieron fue pasarlo a retiro sin siquiera darle las gracias. Él no dijo una palabra. Se las aguantó como se aguantaba los mamporros en el ring o como soportaba sin que se le moviera un músculo de la cara que algún delincuente lo apuntara con la pistola. Meneses fue un policía duro, sus modales no eran delicados y cuando tenía que tirar a matar, tiraba. Siempre les aconsejaba a sus hombres que usaran la pistola en caso extremo, pero cuando la saquen no vacilen en hacer lo que se debe. Era duro como el que más, pero manejaba como nadie los códigos de la calle, las leyes no escritas pero efectivas del hampa y a cada una de ellas las cumplía al pie de la letra. Escéptico de la condición humana casi hasta el cinismo, creía sin embargo que en circunstancias especiales un delincuente podía recuperarse. Lo creía y lo hacía. Más de un ladrón que recuperaba la libertad sabía que podía contar con él para una recomendación laboral. Su conciencia social y política era mínima, pero su conciencia personal era alta. Nunca dejó de reconocer que los delincuentes más peligrosos eran los que se paseaban en auto, bien trajeados y exhibiendo relojes caros. Los hampones más pesados de su tiempo sabían que Meneses era su enemigo y sin embargo lo respetaban porque él, a su manera, también los respetaba a ellos. Estamos hablando de un tiempo de ladrones y pistoleros bravos y no de rateros miserables o adictos al paco. Don Evaristo se enfrentó en su tiempo con los mejores del hampa. Sus enemigos fueron Jorge Villarino, Juan José Laginestra, el Loco Prieto, José María Hidalgo y Manuel Pardo. A todos los combatió y a todos los metió presos. Con algunos de ellos se tiroteó en la calle o en locales nocturnos. A veces estaba acompañado, a veces solo. “Me hice en la calle atropellando puertas, trepado a los techos, pateando primero pero no tirando primero”, dijo en una de las escasas entrevistas que otorgó al periodismo. A los delincuentes los trataba con dureza pero con reglas claras. Alguna vez le preguntaron si usaba picana. Movió los labios como intentando sonreír y después tomando un lápiz del escritorio, dijo que su picana era el lápiz, les hacía cosquillas con el lápiz y temblaban “porque sabían que conmigo no había arreglo”. Verdad o no, nunca fue denunciado por apremios ilegales, en un oficio donde estos abusos se suelen cometer casi por inercia. Alguna vez se enteró de que estaban torturando en uno de los calabozos de su comisaría. Eran tres policías de civil que habían ingresado a la seccional con un detenido acusado de participar en la resistencia peronista. Se puso furioso y la emprendió a golpes con sus colegas. “En mi comisaría no se tortura, carajo”, les gritó a los torturadores mientras los echaba a patadas. El detenido le agradeció su intervención, pero con Meneses las amabilidades convencionales no tenían lugar- “Y vos quedate en el molde y no te hagás el santito que algo debés de haber hecho”, le dijo sin mirarlo. La época de oro de Meneses se dio entre 1957 y 1962, cuando estuvo al frente de la brigada de Robos y Hurtos. También en aquellos años se hablaba de inseguridad, de robos callejeros, de hampones que andaban por al calle como panchos por su casa. Cinco años estuvo don Evaristo haciendo su trabajo; cinco años de andar más tiempo en la calle que en las oficinas. El balance, al concluir su tarea, fue elocuente: 1.117 robos esclarecidos. “Conmigo no hay arreglo”, decía, sin que el cigarrillo se le cayera de la boca. Su barrio porteño fue Flores. Un amigo cuenta que en aquellos años caía todas las noches al London Grill de avenida del Trabajo y Varela. Era un bar donde se tomaba café, alguna que otra copa y se jugaba al billar y al tute. Meneses llegaba a la nochecita y se acomodaba en uno de los extremos de la barra. Ése era su lugar. Se sentía cómodo y seguro dando la espalda a la pared del baño. Pedía un vaso de leche tibio azucarado, porque decía que era una manera de contrarrestar los dos paquetes de puchos diarios que fumaba. De vez en cuando conversaba con los parroquianos o se sumaba a alguna partida de tute. Entonces sacaba la pistola de la sobaquera del saco, la ponía en la mesa y la tapaba con un diario. La noche siempre le gustó. Él dice que la recorría por razones laborales y no hay motivos para no creerle. Alguna vez lo denunciaron por ser dueño de un cabaret de barrio Norte, ubicado en Santa Fe y Talcahuano. Los mozos del local cuando fueron consultados al respecto se murieron de risa, porque la imputación les pareció disparatada. También lo acusaron de ser dueño de una flota de taxis. Nunca se le pudo probar nada y el testimonio más efectivo de su decencia personal quedó a la vista cuando murió en mayo de 1992: era tan pobre como cuando había ingresado a la repartición. Como todo hombre comprometido con un trabajo complicado y duro, Meneses fue un personaje controvertido, entre otras cosas porque cada una de las decisiones que debía tomar eran controvertidas. Recientemente algunos periodistas han hablado de un Meneses corrupto, torturador e ignorante. No es lo que piensan quienes lo conocieron, quienes compartieron su trabajo durante más de treinta años o quienes disfrutaron de su libro “Meneses contra el hampa”. Puede que efectivamente quede pendiente para el futuro contar la completa historia de Meneses. Mientras tanto, como dijera John Ford -que algo sabía de los mitos populares-, “cuando la leyenda es superior a la historia, lo que se debe imprimir es la leyenda”.


El balance, al concluir su tarea, fue elocuente: 1.117 robos esclarecidos. “Conmigo no hay arreglo”, decía, sin que el cigarrillo se le cayera de la boca.

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