Los cambios regulatorios de 2025, la recomposición de tarifas y la desregulación del mercado eléctrico transformaron a la energía en algo más que un costo operativo. Hoy, para muchas pymes, es una decisión estratégica que impacta directamente en su competitividad. Durante 2025, la energía dejó de ser un costo previsible y relativamente pasivo para convertirse en una variable que exige atención y decisión.
Para muchos usuarios, el año estuvo marcado por aumentos tarifarios, pero reducir el análisis a una cuestión de precios sería incompleto. Lo que realmente dejó 2025 fue un cambio más profundo: no solo se encareció la energía, sino que cambió la forma en que se la paga.
El reordenamiento del esquema tarifario y la reducción de subsidios generalizados expusieron con mayor claridad el costo real del servicio eléctrico. Este proceso impactó en todos los usuarios, pero tuvo un efecto particular en las empresas, especialmente en las pymes, donde la energía no es solo un gasto más, sino un factor que incide directamente en la competitividad.
Durante el año, muchas empresas hicieron lo que históricamente funcionó: ajustaron procesos, redujeron consumos y buscaron ser más eficientes en el uso de la energía. Sin embargo, en numerosos casos el resultado no fue el esperado. A pesar de consumir menos, la factura eléctrica siguió creciendo.
Esto generó desconcierto y puso en evidencia que el problema ya no estaba únicamente en el consumo, sino en la estructura misma del costo energético. Al analizar en detalle la composición de las tarifas eléctricas, aparece una de las claves centrales de 2025.
El principal aumento no provino de la energía consumida, sino de los cargos asociados a la potencia. En particular, la potencia adquirida registró un incremento acumulado del 55% en el año, con un salto muy marcado en el mes de noviembre, cercano al 43%.
En contraste, el componente energía mostró un comportamiento opuesto, con una baja promedio anual del orden del 6%, influida por una fuerte caída hacia el final del año. Este desfase hizo que el costo total de la factura se desligara del consumo, marcando un quiebre respecto de la lógica con la que las empresas venían gestionando la energía.
Este escenario estuvo acompañado, además, por una mayor desregulación del mercado eléctrico, que contribuyó a transparentar los costos reales del servicio. Esa transparencia dejó en evidencia componentes que antes pasaban inadvertidos, como los cargos vinculados a la potencia, pero al mismo tiempo abrió nuevas posibilidades de gestión.
Así, la contratación directa de energía aparece como una herramienta concreta para que las empresas puedan revisar y optimizar su estructura de costos, especialmente en aquellos cargos que hoy explican una parte creciente de la factura.
El principal aprendizaje que deja 2025 es que no todas las empresas se vieron afectadas de la misma manera. Aquellas que comprendieron mejor su tarifa, revisaron su potencia contratada y tomaron decisiones sobre su estructura de costos lograron amortiguar mejor los impactos. La diferencia no estuvo tanto en el tamaño o en el rubro, sino en el nivel de información y gestión.
De cara a 2026, el desafío ya no pasa solo por consumir menos energía, sino por entender cómo se compone el costo eléctrico y qué decisiones pueden tomarse sobre él. La energía dejó de ser un gasto automático: pasó a ser una variable estratégica. En un contexto de mayor transparencia y menor margen de error, comprender la tarifa ya no es un lujo técnico, sino una condición necesaria para competir.
El autor es consultor energético.