I
Un encargo reservado revela los códigos oscuros de la noche y las lealtades complejas tras la detención de un hombre en un laberinto de tensiones y desconfianza.

I
Cuando a Britos lo metieron en cana, en el acto supe que la temporada no sería breve y mientras tanto yo sería la única persona -por lo menos la más confiable- para atender sus necesidades, es decir, conseguirle un abogado que lo defienda sabiendo de antemano que a él se lo podía acusar de cualquier cosa menos de "inocente".
La segunda tarea que me aguardaba, tal vez la más complicada, era ir al prostíbulo de Rosario a cobrar las rentas que le correspondían en su condición de "marido" de dos mujeres. Esa tarea no me resultaba para nada agradable, pero Britos me lo había solicitado y yo a él no le podía -por motivos que me cuidaré muy bien de revelar- decir que no, mucho menos en ese momento.
Además, no ignoraba por qué Britos me pedía este favor. Y no lo ignoraba, porque si bien yo estoy muy lejos de ser un santo, era la única persona en la que él podía confiar a pesar de todo, la única persona que no se iba a aprovechar de su situación para sacarle ventajas.
II
Viajé a Rosario decidido a hacer las diligencias del caso. Ya sabía que a doña Beatriz la iba a encontrar alrededor de las dos de la mañana en su lugar de trabajo. No me hice anunciar, como hubiese correspondido, porque la situación de Britos era muy delicada y no era oportuno correr riesgos innecesarios en un ambiente donde la alcahuetería y la delación están demasiado extendidas.
Llegué a Rosario alrededor de las diez de la noche, cené en un restaurante discreto, hice un par de llamadas por teléfono para confirmar algunos rumores y después me entretuve un poco haciendo tiempo en un cine que anunciaba una película de Wim Wenders.
Para mi tranquilidad, no me crucé con ningún conocido y entre el filme de Wenders y un whisky en un barcito no muy lejos del bulevar Oroño, se hizo la hora. Si algo sé hacer bien en esta vida es pasar desapercibido, no llamar la atención y entretenerme sin necesidad de compañía.
III
Doña Beatriz administra su prostíbulo desde hace muchos años, tal vez demasiados. Alguna vez fue considerada la mujer más linda de la noche. Alguna vez.
A la belleza se la comieron los años y el rigor de un ambiente que por un motivo o por otro siempre te deja alguna marca en la cara, pero con sus sesenta años largos cumplidos, la belleza de doña Beatriz fue sustituida por esa extraña mezcla de cortesía en el trato e inescrupulosidad en los actos.
Supongo que quien trajina en estos negocios muchas más alternativas no dispone. Cuando llegué al local, una mujer estaba cantando canciones brasileñas y en la sala flotaba ese leve rumor de voces que se confunde con la penumbra de un clima donde la oferta es el sexo, aunque se equivoca el que supone que esa es la única oferta.
Mi presencia, tal como yo lo esperaba, a nadie le llamó la atención. Y con el único hombre con el que hablé le dije las palabras necesarias para que me permitiera pasar al despacho de doña Beatriz, un privilegio del que muy pocos disponen.
IV
Me recibió con su proverbial cordialidad, aunque yo sabía muy bien que con la misma cordialidad y la misma sonrisa alegre podía dar la orden para que vos lamentes mucho haberla conocido. Una chica jovencita estaba con ella, pero apenas llegué desapareció como si fuera una sombra. Mientras compartíamos un whisky conversamos de cosas sin importancia.
Doña Beatriz podría muy bien ser una diplomática, porque no he conocido persona que con exquisitos modales oculte lo que piensa. La madame sabía por qué estaba yo en su despacho, como también sabía que Britos era mi amigo. Es decir, estaba al tanto de todo, incluso de aquello que yo no quisiera que se supiese.
En algún momento se asomó un tipo por una puerta que no había visto y doña Beatriz le indicó con un gesto de la mano que desapareciera. Finalmente hablamos de los números. Y si bien no me dio la plata que correspondía, el descuento no fue muy importante, una atención discreta de ella a Britos con el que venía trabajando desde por lo menos seis o siete años.
Le pregunté por las mujeres de mi amigo lo que se pregunta en estos casos: cómo estaban de salud y si trabajaban como correspondía.
Ninguna novedad, aunque casi cuando nos estábamos despidiendo me dijo que una de las "chicas" se había ido con un empresario de Córdoba, una falta grave en el ambiente; falta que doña Beatriz en otras circunstancias debería indemnizar, pero atendiendo la emergencia carcelaria de Britos, la infracción le saldría gratis, por lo menos mientras mi amigo estuviera preso.
V
Esa misma noche regresé a Santa Fe. Nada del otro mundo. A pesar de su juego tramposo, doña Beatriz me entregó una buena suma de dinero que supongo iría destinada a pagar los honorarios del abogado. Digo "supongo", porque de acuerdo a lo tácitamente convenido, ese dinero yo se lo debía entregar a Sandra, la esposa de Britos.
En principio, todo estaba más o menos claro, salvo dos circunstancias: la mujer que se fue con el empresario de Córdoba, lo cual, como ya dije, era una falta grave cuando no sospechosa y, en segundo lugar, Sandra, la esposa de mi amigo, a la que yo conocía de otros tiempos. Más o menos cerca del mediodía fui a la casa de Sandra.
No voy a decir que vivía en una mansión, pero su casa estaba bastante por arriba de lo que eran sus expectativas de vida cuando era más joven y personajes como Britos no figuraban en su lista de amigos.
VI
Hice lo que correspondía respetando los códigos del ambiente. En primer lugar, a una mujer que tiene un marido como Britos, no se la trata de "vos". En segundo lugar, una mujer en esa condición jamás hace pasar a un hombre -aunque fuera el íntimo amigo de su marido- a la casa. Se atiende en la puerta y se habla lo menos posible.
Ni sonrisas, ni apretones de manos y, mucho menos, esos besos a modo de saludo que distinguen la buena educación en otros lugares. Sandra me saludó como si no me hubiera visto nunca en su vida. Le entregué el dinero y me miró como dando a entender que esa no era la suma convenida.
Una mirada fría, dura, la mirada de una mujer convencida de que cada uno de los actos de la vida posee un precio que para bien de todos conviene pagar. Le expliqué lo de la mujer y su empresario cordobés, y por la cara que puso advertí que ya estaba enterada del incidente y esa noticia no la alegraba.
Después me dijo: "Dígale a su amigo que se equivoca conmigo si cree que yo soy imbécil". La frase de Sandra no me sorprendió, porque alguna vez aprendí que de ella nada debía sorprenderme. Tampoco le dije que yo no era su mensajero y mucho menos con mi amigo. Estuve tentado a decirle otra cosa, pero preferí callar.
Nos despedimos sin palabras y yo me fui caminando en dirección al centro. Hacía calor y tenía ganas de encontrar un bar y tomarme una o dos jarras de cerveza.
Estaba cansado, estaba preocupado porque no sabía qué le diría y qué le dejaría de decir a Britos cuando el domingo lo visitara en la cárcel y, sobre todo, estaba afligido o fastidiado porque mi situación con Sandra seguía siendo, para decirlo de una manera suave, peligrosa.





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