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Analizando el asesinato del padre Pierre Al-Rah

La muerte violenta del sacerdote en el sur de Líbano refleja una soberbia militar que desafía la ética y la sacralidad en un territorio históricamente pacífico.

Analizando el asesinato del padre Pierre Al-RahAnalizando el asesinato del padre Pierre Al-Rah

Martes 24.3.2026
 10:02
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Lisandro Prieto Femenía
Por: 
Lisandro Prieto Femenía

"En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis"

Mateo 25, 40 (Biblia de Jerusalén)

***

El asesinato del padre Pierre Al-Rah (también lo verán escrito El Rahi o al-Rahi), párroco maronita de la aldea de Klayaa (o Qlayaa) -en el sur de Líbano-, es un acontecimiento que desborda la crónica bélica o periodística para situarse en el centro de una interrogación ontológica sobre el valor de la vida y la persistencia del mal en la historia de la humanidad.

Lo mataron el día 9 de marzo de 2026 bajo el fuego de la artillería israelí mientras socorría a un feligrés herido, siendo este un acto que no representa el simple daño colateral en el tablero de las tensiones geopolíticas entre Estados -como Israel y Estados Unidos contra Irán- o con las llamadas insurgencias (los grupos insurgentes calificados como terroristas por varios países de Occidente).

Benjamin Netanyahu, primer minstro de Israel.


Por el contrario, este crimen violento y quirúrgico sobre quien portaba como únicas armas la oración y el cuidado pone de manifiesto una crisis de la alteridad que la teología y la filosofía cristiana han advertido siempre con rigor: la destrucción del cuerpo que auxilia al caído es el intento de aniquilar la última barrera ética que queda en el campo de batalla, que no es otra que la responsabilidad por el hermano.

Padre Pierre Al-Rah, el párroco maronita alcanzado por metralla en un bombardeo israelí mientras socorría a los feligreses heridos.

En su obra más influyente, "Totalidad e infinito", Emmanuel Levinas sostiene que el encuentro con el rostro del otro es el origen de toda ética, una interpelación que nos obliga a responder por su vulnerabilidad.

Pues bien, el padre Al-Rah encarnó esta respuesta de manera radical al negarse a abandonar su tierra y su comunidad, desoyendo las órdenes de evacuación que pretendían reducir su existencia a una variable logística.

Al decidir permanecer en Klayaa, el sacerdote no ejercía una rebeldía política superficial, sino una resistencia espiritual fundamentada en el amor a la propia raíz y en el deber de no desamparar a quienes no tienen voz.

Funeral del padre Pierre en las afueras de la Iglesia de San Jorge, en Klayaa, Líbano, 11 de marzo de 2026.

Su sacrificio nos recuerda que, frente a la lógica de la fuerza que busca homogeneizar el territorio mediante el desplazamiento forzado, la presencia física del justo se convierte en un obstáculo insoportable para el poder.

Ahora bien, resulta revelador el sentimiento de omnipotencia con el que el Estado de Israel se desenvuelve frente al credo católico en la región. No existe una disputa geopolítica real, territorial o ideológica entre el pueblo de Israel y la comunidad maronita o el Vaticano que justifique tales ataques.

Sin embargo, la impunidad con la que se bombardean villas cristianas ancestrales refleja una soberbia que Michel Foucault identificaría como el ejercicio del biopoder en su estado más puro: el derecho de "hacer morir o dejar vivir". Esta omnipotencia se manifiesta en la convicción de que cualquier vida que no se alinee con sus objetivos de seguridad inmediata es prescindible.

El otro es irrelevante

Justamente, en su obra "Vigilar y castigar", el propio Foucault describe la naturaleza de este poder que no reconoce fronteras morales al indicar que "el poder se ejerce no tanto por el derecho de muerte, sino como la gestión de la vida, de los procesos biológicos, de los cuerpos.

Pero en la guerra, este poder sobre la vida se invierte en la necesidad técnica de la muerte masiva" (Foucault, 2002, "Vigilar y castigar", página 138, Siglo XXI. Obra original publicada en 1975). Este sentimiento de omnipotencia descarada permite al ejército agresor ignorar el carácter sagrado de los lugares de culto y la figura de los ministros religiosos.

Al asesinar a Al-Rah, no se eliminó a un combatiente, sino que se golpeó deliberadamente el corazón de una comunidad pacífica que, por su propia naturaleza maronita-católica, se sitúa fuera del conflicto directo. Es la manifestación de una hybris -desmesura- que no reconoce al catolicismo como un interlocutor sagrado, sino como un elemento geográfico que puede ser removido a voluntad.

La muerte del sacerdote evidencia que para la maquinaria de guerra israelí, el credo del "otro" es irrelevante ante la urgencia de su expansión y control, una postura que fractura cualquier posibilidad de diálogo interreligioso genuino. Asimismo, este avasallamiento, que desprecia la especificidad del credo y la dignidad de la persona, fue analizada con agudeza por Joseph Ratzinger.

Para Benedicto XVI, cuando la razón se divorcia de la ética y se entrega a la voluntad de dominio, la política se convierte en una estructura de pecado. En su encíclica "La caridad en la verdad", el pontífice emérito advirtió sobre el peligro de una técnica que se cree autosuficiente:

"La técnica es un hecho profundamente humano, vinculado a la libertad del hombre. En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia. Sin embargo, la técnica -cuando se convierte en el único criterio de verdad y de acción- tiende a eliminar la dimensión moral del hombre, reduciendo la justicia a una mera eficacia técnica o militar" (Benedicto XVI, 2009, Caritas in veritate, n. 68-70, Libreria Editrice Vaticana).

Así, el bombardeo de Klayaa es la ejecución práctica de esta ceguera. Al-Rah, al intentar salvar a un herido, realizaba un acto de "caritas" que trascendía la lógica de la guerra. Justamente por ello, Ratzinger sostenía en "Dios es amor" (Deus Caritas Est) que el Estado que intenta suprimir este amor se encamina hacia la tiranía.

La muerte del sacerdote representa el triunfo de la "razón instrumental" sobre la "razón del corazón", una soberbia que se siente autorizada a disparar contra la caridad misma porque esta no ofrece una ventaja estratégica.

A esta arquitectura de la desolación se suma la denuncia frontal que el papa Francisco oportunamente realizó sobre la "globalización de la indiferencia" y la caducidad del concepto de "guerra justa" en la modernidad.

Para él, el atropello cometido contra cualquier ser humano no sería sólo un error balístico, sino el síntoma de una cultura que ha dejado de llorar por el otro. En su encíclica titulada "Todos hermanos", el pontífice argentino señaló con dureza:

"Cada guerra deja al mundo peor que como lo había encontrado. La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal. No nos quedemos en discusiones teóricas, toquemos las llagas, toquemos la carne de los que sufren el daño" (Francisco, 2020, Fratelli Tutti, n. 261, Libreria Editrice Vaticana).

Cultura del descarte

Bajo esta luz, el ataque israelí contra la comunidad católica libanesa es una bofetada a la fraternidad universal. La pedantería del agresor se alimenta del "anestésico" que supone la distancia técnica; se mata desde una pantalla o una coordenada, ignorando que se está destruyendo un tejido humano que, como el maronita, ha custodiado la paz durante siglos.

Recordemos que Francisco insistió en que "el nombre de Dios no puede ser usado para justificar la guerra", por lo que el silencio o la tibieza ante el burdo asesinato de un hombre de fe que auxiliaba a su prójimo constituye una traición a la propia humanidad.

El atropello de Israel en Klayaa es la materialización de esa "cultura del descarte" llevada al extremo balístico, donde la vida de un sacerdote es descartada como si fuera ruido en un radar de objetivos.

En este punto de la reflexión es crucial reivindicar que la tradición católica ha cimentado su ética en la capacidad de perdonar y en el mandato evangélico de poner la otra mejilla, pero sería un error exegético y moral confundir esta disposición espiritual con una aceptación pasiva del atropello.

El perdón cristiano no es amnesia ni claudicación ante la injusticia: es, por el contrario, una fuerza que exige la verdad para ser auténtica. Al respecto, el filósofo católico Gabriel Marcel recordaba que la fidelidad creativa no es una inercia, sino una respuesta activa a la presencia del otro.

Poner la otra mejilla no implica el silencio ante el avasallamiento de los límites de la tolerancia y el respeto que el gobierno de Israel destruye con cada incursión sobre población civil y religiosa.

También San Agustín, en sus reflexiones sobre la justicia, es tajante al respecto cuando declara que "la esperanza tiene dos hijos hermosos: sus nombres son indignación y valentía. Indignación por ver cómo son las cosas y valentía para ver que no sigan siendo como son" (Agustín de Hipona, Sermón 46, De Pastoribus).

Evidentemente, la fe católica no llama a un quietismo que valide la impunidad del poderoso. El silencio ante la muerte del padre Al-Rah no es una virtud, sino una omisión que traiciona el compromiso con la vida. La oración es el motor del justo, pero el testimonio público es su deber ante la historia.

Cuando los límites de la convivencia humana son pulverizados por una soberbia militar que no encuentra contrapesos, el perdón se convierte en una parodia si no va acompañado de una denuncia firme a la desmesura.

Los católicos hemos aprendido a perdonar a nuestros verdugos, pero ese mismo amor al prójimo nos obliga a levantar la voz contra la maquinaria que fabrica verdugos y aniquila inocentes, pues el respeto a lo sagrado- tanto en el templo como en la persona- es una frontera que ningún Estado, por poderoso que se pretenda, tiene el derecho de cruzar.

Aquí, resulta imperativo analizar la reacción de la Santa Sede ante este crimen. El papa León XIV, si bien ha manifestado un "profundo dolor", parece haber optado por una retórica de la neutralidad que bordea la tibieza moral. Al referirse a la sangre del sacerdote como una "semilla de paz", el pontífice recurre a una metáfora teológica que diluye la responsabilidad política de los agresores.

Esta postura nos remite a la advertencia de Hannah Arendt en su obra "Eichmann en Jerusalén", donde analiza cómo el lenguaje administrativo puede oscurecer la realidad de la atrocidad:

"La penosa verdad de la cuestión era que no se trataba de una monstruosidad, sino de algo que se encuentra en la frontera de la vida cotidiana, algo que puede ocurrirle a cualquiera" (Arendt, 2003, "Eichmann en Jerusalén", página 368, Lumen. Obra original publicada en 1963).

Mensaje de terror

La omisión de una condena explícita al Estado agresor por parte de León XIV traslada el conflicto al plano de la fatalidad inevitable. Francisco, en sus intervenciones sobre conflictos similares, ha recordado que no se puede ser neutral ante la injusticia flagrante.

La insistencia de Roma en una paz genérica valida indirectamente la omnipotencia del agresor, puesto que no establece un límite ético firme desde la autoridad de Pedro. Como recordaba Benedicto XVI, "la justicia es el objeto y la medida intrínseca de toda política", y una política eclesial que calla ante la injusticia flagrante renuncia a su misión.

Karol Wojtyła, el papa polaco, en "Persona y acción", señala una verdad que resuena con fuerza ante el cuerpo inerte del párroco de Klayaa:

"La persona humana posee un valor que no es reducible a nada, un valor que reside en su propio ser y que la constituye en un fin en sí misma, nunca en un medio para fines ajenos" (Wojtyła, 2011, "Persona y acción", página 142, Biblioteca de Autores Cristianos. Obra original publicada en 1969).

El crimen sobre el sacerdote en pleno ejercicio de su ministerio es la negación absoluta de esta premisa. Al-Rah fue convertido en un "medio" para transmitir un mensaje de terror. La deshumanización del adversario permite que se le despoje de su cualidad de persona para ser visto apenas como un obstáculo demográfico que debe ser desplazado por la fuerza.

La sangre del padre Pierre clama no por venganza, sino por una verdad que se niega a ser sepultada bajo los escombros. El desmantelamiento de la presencia cristiana en su propia cuna no es un evento fortuito, sino un fenómeno que entrelaza la soberbia militar con una ambición territorial que no reconoce límites humanos ni sagrados.

Esta realidad nos obliga a cuestionar si el derecho a la tierra ha dejado de ser una dignidad inherente a todo pueblo que la habita y la ama para transformarse en una concesión arbitraria de quienes poseen la fuerza técnica de desplazamiento.

La normalización de la muerte de quienes curan heridas en el frente de batalla debería plantearnos una duda lacerante sobre el estado de nuestra propia humanidad: ¿hasta qué punto el silencio ante el martirio del prójimo ha gangrenado la conciencia de una comunidad internacional que observa la destrucción de lo ancestral como un trámite necesario para la seguridad?

Así, resulta ineludible abordar la justificación metafísica de la violencia israelí sobre una comunidad con la que no sostiene conflicto geopolítico alguno.

¿Cómo puede sostenerse la legitimidad ética de un Estado que, embriagado por un sentimiento de súper-poderío, aniquila sistemáticamente a los fieles de un credo ajeno a su disputa, sino es a través de la pérdida absoluta del sentido de lo sagrado y de la alteridad?

Esta desmesura nos sitúa ante la paradoja de una diplomacia vaticana que parece haber sustituido la voz profética por una gestión del dolor despojada de denuncia.

En este contexto, cabe preguntarse en qué momento la retórica de las "semillas de la paz" se convierte en un velo piadoso que oculta la cobardía ante el poder mundano y permite que el sembrador sea asesinado impunemente bajo la mirada impasible de quienes deberían ser sus custodios.

En conclusión, queridos lectores, la muerte de Pierre Al-Rah es el espejo de nuestra propia fragilidad ética y a la vez el testimonio final de un sacrificio que interpela la validez de la palabra frente a la pólvora.

Si el acto de caridad más puro -el auxilio al caído- ya no es capaz de detener la mano de quien se cree dueño de la vida y de la muerte, la justicia internacional ha dejado de ser un orden para convertirse en una ficción que protege al verdugo.

Solo a través de una interrogación que nombre con rigor al agresor y rechace la tibieza administrativa será posible rescatar la dignidad de la persona frente a la frialdad de la estadística y la soberbia de la fuerza.

El autor es docente, escritor y filósofo. Publica en El Litoral el ciclo titulado "Reflexiones desde una perspectiva filosófica".

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