Hace unos días se difundió una declaración de la "Oficina del Presidente" argentino, Javier Milei, en la que se destacaba la participación conjunta con Estados Unidos en una misión al espacio exterior, en la que nuestro país enviaría un satélite.
La decisión de relegar áreas como la ciencia política contrasta con los modelos de Estados Unidos y Europa, donde la investigación social cumple un rol central en la formulación de políticas de Estado y en la proyección de poder internacional.

Hace unos días se difundió una declaración de la "Oficina del Presidente" argentino, Javier Milei, en la que se destacaba la participación conjunta con Estados Unidos en una misión al espacio exterior, en la que nuestro país enviaría un satélite.
Sin embargo, la comunicación no se limitó a ese anuncio: el gobierno nacional aprovechó la ocasión para afirmar que el apoyo presupuestario estatal se concentraría en este tipo de iniciativas, mientras que no invertiría en ciencias sociales. Incluso se mencionó a la Ciencia Política como paradigma de lo "innecesario", algo que no merecería respaldo público.
Ahora bien, la historia demuestra que el conocimiento es poder. Los Estados que invierten en ciencias sociales logran anticipar crisis, diseñar políticas públicas más efectivas y participar con mayor peso en la arena internacional. En Argentina, el desafío es urgente. El Conicet es la institución científica más importante del país y uno de los pilares de la investigación en América Latina.
Aunque suele asociarse principalmente con las ciencias naturales y exactas, su área de ciencias sociales y humanidades resulta vital para comprender fenómenos políticos, económicos y culturales.
Respaldar la investigación en ciencia política y relaciones internacionales dentro del Conicet es fundamental para que el país pueda pensar su política exterior con autonomía intelectual y capacidad estratégica.
En un mundo donde las decisiones se toman cada vez más rápido y en contextos de alta incertidumbre, contar con equipos de investigación financiados o incentivados por el Estado marca la diferencia entre reaccionar tarde o anticiparse con inteligencia.
El caso de Estados Unidos ofrece un contraste interesante. Allí, el sistema de apoyo a las ciencias sociales combina financiamiento público y privado. Por un lado, el gobierno federal destina recursos a través de agencias como la National Science Foundation (NSF) y el National Endowment for the Humanities (NEH), que financian proyectos de investigación en universidades y centros académicos.
Por otro, existe una extensa red de think tanks privados, muchos de ellos con vínculos estrechos con el Congreso y la Casa Blanca. Instituciones como la Brookings Institution, la RAND Corporation o el Council on Foreign Relations producen informes que influyen directamente en la formulación de políticas públicas.
Estos centros funcionan como verdaderos laboratorios de ideas y se financian mediante una combinación de fondos estatales, donaciones privadas y contratos con agencias gubernamentales.
La clave del modelo estadounidense es la articulación entre investigación académica, asesoramiento técnico y debate público: los think tanks no solo producen conocimiento, sino que lo comunican de forma accesible a decisores políticos y a la sociedad, integrando la investigación social al proceso cotidiano de toma de decisiones.
La diferencia entre Estados Unidos y países como Argentina radica en la escala y el grado de institucionalización del sistema.
Mientras que en Estados Unidos los think tanks forman parte de la vida política cotidiana y cuentan con presupuestos millonarios, en Argentina la investigación depende en gran medida del financiamiento estatal a través del Conicet y de algunos centros independientes, como el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).
Esto último, por ejemplo, plantea la necesidad de fortalecer el área de ciencias sociales mediante medidas concretas:
El caso del Club Valdái, en Rusia, resulta ilustrativo. Creado en 2004, se ha consolidado como un foro estratégico donde académicos y funcionarios debaten el rumbo del país, con la participación anual del presidente Vladímir Putin y de figuras clave como Serguéi Lavrov.
Valdái no solo produce análisis, sino que también proyecta argumentaciones que legitiman la visión del Kremlin sobre un orden multipolar, en un constante ida y vuelta entre la academia y el Estado.
Este ejemplo muestra cómo los think tanks pueden ser utilizados para consolidar poder y narrativa, y cómo el respaldo estatal resulta decisivo para su proyección internacional.
En Europa occidental, varios países se han convertido en referentes del apoyo estatal a las ciencias sociales, especialmente en disciplinas como la ciencia política y las relaciones internacionales.
Alemania destaca por la solidez de su sistema de financiamiento, a través de la Fundación Alemana para la Investigación Científica (DFG) y de diversas fundaciones políticas que respaldan proyectos vinculados a la democracia, la integración europea y la política global.
Este entramado institucional garantiza recursos estables y fomenta la internacionalización, convirtiendo al país en un polo de atracción para investigadores de todo el mundo.
En el Reino Unido, pese a las tensiones presupuestarias derivadas del Brexit, el Economic and Social Research Council (ESRC) mantiene un papel central en la financiación de proyectos de alto impacto. Universidades como la London School of Economics y Oxford continúan liderando la producción académica y reforzando la influencia británica en los debates globales.
Por su parte, los Países Bajos han consolidado una tradición de apoyo a la investigación en gobernanza y derecho internacional mediante la Netherlands Organization for Scientific Research (NWO), convirtiéndose en un laboratorio de ideas sobre instituciones internacionales y resolución de conflictos.
Si Argentina pretende insertarse en el mundo siguiendo un camino similar al de los principales actores internacionales, debería considerar seriamente un aumento sustantivo de sus capacidades para producir conocimiento en ciencias sociales.
Estos esfuerzos permitirían definir objetivos estratégicos de largo plazo y diseñar políticas de Estado que eviten los cambios abruptos ante cada alternancia de gobierno. La previsibilidad en contextos de crecimiento sostenido solo puede lograrse mediante la planificación, la búsqueda de consensos políticos y el debate informado que brindan las ciencias sociales.
El autor es analista internacional.




