Los Juegos Suramericanos que tendrán a Santa Fe como protagonista deben ser analizados desde esa perspectiva.
Cada vez que una ciudad decide avanzar con una obra importante, aparece una discusión conocida: si era el momento, si había otras prioridades, si ese dinero debía destinarse a otra cosa. Es una discusión válida en democracia. Lo que resulta difícil de comprender es cuando esa discusión se transforma en una oposición sistemática, donde parece importar más cuestionar una inversión que analizar qué genera, qué transforma y, fundamentalmente, qué deja.

Los Juegos Suramericanos que tendrán a Santa Fe como protagonista deben ser analizados desde esa perspectiva.
Porque los Juegos duran algunos días. Las obras quedan durante décadas.
Y esa diferencia es fundamental.
La infraestructura que se construye y se mejora no desaparece cuando se apaga la última luz de una competencia. Queda para los deportistas, para los clubes, para las instituciones, para nuestros jóvenes y para las generaciones que vienen. Queda incorporada definitivamente al patrimonio de la ciudad y de la provincia.
Detrás de esta decisión existe además una apuesta política concreta del Gobierno de Santa Fe, encabezado por Maximiliano Pullaro: aprovechar un acontecimiento deportivo internacional para acelerar obras, generar infraestructura, movilizar la economía y producir una transformación que exceda ampliamente los días de competencia.
Por eso, reducir todo este proceso a la frase “gasto no prioritario” es mirar solamente una parte de la realidad.
Detrás de cada obra hubo trabajadores. Albañiles, técnicos, profesionales, transportistas, proveedores, pequeñas y medianas empresas y una enorme cadena de actividades vinculadas directa o indirectamente con la construcción de la infraestructura necesaria para los Juegos.
Antes de que llegue el primer atleta, los Juegos ya generaron trabajo. Y cuando comiencen las competencias, comenzará otra etapa.
Llegarán deportistas, delegaciones, entrenadores, dirigentes, periodistas, familiares y visitantes. Personas que necesitarán hoteles, departamentos, restaurantes, bares, taxis, remises, aplicaciones de transporte, comercios, estaciones de servicio y servicios de todo tipo.
Eso significa movimiento económico. Significa un hotel con habitaciones ocupadas. Un restaurante con más mesas servidas. Un comercio con más clientes. Un taxi con más viajes. Un emprendedor con nuevas oportunidades. Un trabajador con más actividad.
Y significa también algo que muchas veces resulta difícil de cuantificar: Santa Fe mostrándose hacia afuera.
Miles de personas conocerán nuestras ciudades. Caminarán nuestras calles, consumirán nuestros productos, conocerán nuestra gastronomía, nuestros espacios públicos, nuestra cultura y nuestra gente. Algunos regresarán. Otros hablarán de Santa Fe cuando vuelvan a sus lugares de origen.
Pero la apuesta del gobierno de Maximiliano Pullaro va incluso más allá de las competencias y de quienes puedan ingresar a los escenarios deportivos.
Los Fan Fest constituyen otra dimensión de los Juegos. Serán espacios pensados para que decenas de miles de estudiantes y habitantes de las distintas ciudades puedan encontrarse, participar y vivir el clima de un acontecimiento internacional aun sin estar dentro de una tribuna.
Y allí aparece una decisión que considero especialmente valiosa: que los Juegos no sean solamente de los atletas ni de quienes compren una entrada, sino de la comunidad.
Que un chico pueda compartir con sus compañeros una jornada vinculada al deporte. Que una escuela pueda transformar los Juegos en una experiencia educativa. Que las familias puedan acercarse. Que las ciudades anfitrionas respiren durante esos días un clima diferente.
Los Fan Fest también significan circulación de personas, consumo, actividad comercial, propuestas culturales y oportunidades para emprendedores y prestadores de servicios. Pero, fundamentalmente, permiten democratizar un acontecimiento de esta magnitud y hacerlo parte de la vida cotidiana de la comunidad.
Porque organizar unos Juegos no debería consistir solamente en construir escenarios y desarrollar competencias. También debe servir para construir una experiencia colectiva.
Por supuesto que existen necesidades. Nadie podría sostener seriamente lo contrario. Siempre habrá una escuela que mejorar, una calle que reparar, un servicio que fortalecer o una demanda social que atender.
Pero gobernar no significa elegir una sola cosa y abandonar todas las demás.
Una gestión pública debe atender lo urgente y, al mismo tiempo, construir futuro. Debe resolver los problemas cotidianos, pero también ser capaz de impulsar transformaciones que superen un período de gobierno.
El problema aparece cuando la crítica política pierde esa perspectiva.
Ha existido una particular saña de algunos sectores de la oposición para presentar los Juegos Suramericanos exclusivamente como un gasto. Se contabilizan pesos, pero pocas veces se contabilizan puestos de trabajo. Se habla del costo de una obra, pero no de los años durante los cuales esa infraestructura será utilizada. Se cuestiona la inversión, pero se omite el movimiento comercial, gastronómico, hotelero y turístico que generará.
Y tampoco se contabiliza lo intangible: los miles de estudiantes que vivirán una experiencia diferente, las familias que participarán de los Fan Fest, los chicos que conocerán nuevas disciplinas deportivas y las ciudades que tendrán durante esos días una vidriera nacional e internacional.
Es una cuenta incompleta.
Porque una inversión pública también debe evaluarse por su capacidad de multiplicarse.
¿Cuánto vale para una ciudad disponer de infraestructura deportiva de calidad durante los próximos veinte o treinta años? ¿Cuánto vale que miles de chicos puedan utilizar instalaciones que antes no existían? ¿Cuánto representa para el comercio local recibir miles de visitantes? ¿Cuántos puestos de trabajo estuvieron detrás de cada obra? ¿Cuántas oportunidades económicas aparecerán durante los Juegos?
Y agregaría otra pregunta:
¿Cuánto vale que decenas de miles de estudiantes puedan sentir que un acontecimiento internacional que sucede en su provincia también les pertenece?
Hay una dimensión educativa que tampoco debemos subestimar.
Los grandes acontecimientos deportivos movilizan a las sociedades. Los chicos hablan de deporte en las escuelas, conocen nuevas disciplinas, aparecen referentes y se fortalecen valores vinculados al esfuerzo, la convivencia, el trabajo colectivo y la superación.
En ese sentido, la decisión del gobierno provincial de acompañar la infraestructura deportiva con espacios de participación como los Fan Fest expresa una concepción mucho más amplia: no organizar solamente unos Juegos, sino hacer que Santa Fe viva los Juegos.
Durante algunos días nuestra provincia será escenario del deporte suramericano. Pero sería un enorme error creer que todo empieza con la ceremonia inaugural y termina con la clausura.
Los Juegos comenzaron mucho antes, cuando cientos de trabajadores empezaron a construir la infraestructura que los hará posibles. Continuarán cuando lleguen las delegaciones y se movilice la actividad económica. Se multiplicarán cuando decenas de miles de estudiantes y vecinos participen de los Fan Fest. Y seguirán existiendo mucho después, cada vez que un chico, un deportista, un club o una institución utilice alguna de las obras realizadas.
Por eso hay una pregunta que quizá deberíamos hacernos cuando termine la última competencia y los visitantes regresen a sus lugares de origen:
¿Qué quedará en Santa Fe cuando se vayan los Juegos?
Quedarán obras, infraestructura y nuevos espacios deportivos.
Quedará el trabajo generado durante su construcción.
Quedará el movimiento económico producido en hoteles, comercios, restaurantes y servicios.
Quedará la experiencia de haber recibido a miles de visitantes.
Quedarán decenas de miles de chicos que podrán decir que ellos también fueron parte.
Y quedará una provincia que decidió aprovechar un acontecimiento internacional para construir algo que la trascienda. Esa es, en definitiva, la apuesta que encabeza Maximiliano Pullaro: que los Juegos no sean un gasto que termina con una ceremonia de clausura, sino una inversión cuyo legado empiece precisamente cuando los Juegos hayan terminado. Criticar es parte de la democracia. Controlar el gasto público también. Pero gobernar exige algo más difícil: tener la capacidad de imaginar la Santa Fe donde vos sos protagonista, la que queremos dentro de veinte o treinta años, y que se comenzó a construir el 10 de diciembre de 2023.





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