Remo Erdosain
El calor continúa, pero como dice Quito, el mozo del bar, comparado con otros años, este verano es bastante benigno. Nosotros seguimos reuniéndonos a la hora de siempre y perseverando en nuestro hábito del café, con la variante del té incorporada por Marcial. Casi sobre el filo del mediodía nos gusta pedir una vuelta de lisos, aunque a José siempre le interesa más tomarse un Martini como aperitivo. El tema de la mañana es la tragedia en el boliche bailable de Santa María, en Rio Grande do Sul, Brasil.
-No es diferente a Cromagnon -afirma Abel.
-Por supuesto, agrega Marcial -la misma irresponsabilidad juvenil...
-Ahora los chicos tienen la culpa -digo con cierto tono de reproche.
-Y... si se encierran en un local y empiezan a tirar bengalas al techo, no hay que extrañarse demasiado por los resultados.
-Las bengalas -explica José- las empezaron a tirar los muchachos de la banda musical, así que en ese punto hay una diferencia con Cromagnon, donde todos se dedicaron con aplicación a ejercer ese oficio tan civilizado.
-Yo adelanto -manifiesta Abel- que la banda musical que actuó en Kiss, se ocupaba en decir que entre sus habilidades estaba la de los juegos pirotécnicos, era algo así como su carta de presentación.
-Es increíble -exclama Marcial- el hombre es el único animal en el planeta Tierra que tropieza dos veces con la misma piedra.
-¿Por qué lo decis?
-Porque después de lo que sucedió en Cromagnon, una tragedia que se conoció en todo el mundo, debería quedar claro que no se juega con fuego. Esta es una verdad o una lección que deberían compartir las bandas musicales, los empresarios de la noche, los funcionarios del Estado y el público, porque si bien no se registran datos de que en Santa María la gente haya arrojado bengalas, se sabe que aplaudieron a rabiar los fuegos artificiales y, además, reclamaban que se empezara de una buena vez con las bengalas. Algunos creo que fueron exclusivamente por eso.
-Y eso que en este caso se trataba de estudiantes universitarios, lo que presupone que hay otro nivel cultural y otro modo de comportamiento que, en general, los seguidores de Callejeros nunca compartieron.
-La diferencia con nosotros -dice Abel- es que en Brasil las autoridades reaccionaron de manera diferente.
-Más o menos -se ataja José.
-¿Por qué más o menos?
-Porque en Kiss había una sola puerta de salida, había exceso de público y habrá que averiguar qué otras infracciones se perpetraron.
-¡No dejaron infracción sin cometer! -exclama José, y apunta: -sobre todos los empresarios y gerentes del local. Es más, la policía los detuvo casi en el acto acusándolos de borrar pruebas. O sea que los hijos de mala madre, en lugar de interesarse por los muertos y heridos, estaban preocupados por borrar pruebas.
-Lo más grave -enfatizo- y lo que pone en evidencia un hábito internalizado en la cultura de nuestro tiempo es que cuando la gente empezó a buscar la puerta para ganar la calle, los matones entendieron que lo hacían para irse sin pagar y trabaron la puerta.
-Anda a saber cuántos muertos costó esa jodita- acota José.
-Está bien -admite Abel- hubo errores operativos parecidos a los de Cromagnon, pero a diferencia de lo que pasó en la Argentina, la presidente Dilma y el gobernador estuvieron enseguida al lado de la gente, dando consuelo, acompañando y tomando medidas de asistencia a las familias.
-Con Cromagnon Ibarra se quedó en su casa y el señor Kirchner se encerró en El Calafate.
-El que tenía que estar con la gente era Ibarra -puntualiza José.
-Que era un aliado de ustedes -señala Abel con tono burlón.
-Lo seguro -sostiene Marcial -es que en la Argentina todos se lavaron las manos, miraron para otro lado y especularon para ver quién se hacía cargo del muerto.
-O de los muertos -digo.
-El problema -insiste Abel- es que nadie se hizo cargo.
-El que se hizo cargo fue el Estado -sostengo- que pagó indemnizaciones y otras yerbas. Pero el poder político se lavó olímpicamente las manos.
-Todo estuvo mal -digo- hasta lo que creían que hicieron bien, porque yo soy de los que creen que la destitución de Ibarra no tuvo nada que ver con la justicia sino con la tentación de ajustar cuentas internas.
-Ustedes nunca pierden la oportunidad de caerle al gobierno -reprocha José.
-Por algo será -dice Marcial-, pero quedate tranquilo que recién empezamos.
-Ojala tuviéramos una presidente como Dilma Roussef -exclama Abel.
-Los tipos como vos que viven en Brasil, seguramente desearían tener una presidente como Cristina -responde José.
-Eso no te lo creés ni vos -reacciono.
-Las diferencias son objetivas -observa Abel-, Dilma suspendió todos los compromisos nacionales e internacionales que tenía, y en el acto estuvo con la gente. Con Cromagnon no ocurrió nada de eso.
-La única manera de ayudar no es ponerse a llorar con la gente.
-Hay otras cosas para hacer, por supuesto -intervengo-, pero es importante que en momentos de tragedia, dolor o desolación, las máximas autoridades del país o de la ciudad acompañen a las víctimas.
-El problema de ustedes -acusa Marcial- es que no acompañan pero tampoco hacen las otras cosas que se deben hacer. El problema es que a la gente la dejan a la intemperie, sola en su dolor y sola a la hora del reclamo de sus derechos.
-¿No te estás poniendo demasiado sentimental? pregunta José sonriendo.
-Me pongo trágico, pero puedo hacer otras cosas, además, recordar, por ejemplo, lo que ocurrió hace un año en Plaza Once.
-¿Qué tiene que ver una cosa con otra? pregunta José amoscado.
-Tiene que ver y mucho -digo-, y tiene que ver porque en Plaza Once también dejaron a la gente sola. La señora estaba en El Calafate y ni se dignó a acercase a ver qué ocurría con los heridos y los familiares de los muertos.
-Lo que es imperdonable en este caso -señala Abel- es que esta buena señora se la pasa hablando por cadena nacional diciendo tonteras y mentiras, y resulta que cuando tiene que hablar, cuando la palabra de la presidente es necesaria de verdad para consolar a la gente, esa palabra está ausente.
-Lo que ocurre -agrega Marcial- es que esta mujer desconoce el significado de la palabra solidaridad.
-Mirá el que habla -exclama José.
Marcial continúa como si no lo hubiera escuchado: -A ella le gusta lucirse en los escenarios internacionales o delante de una platea aplaudidora y obsecuente, pero cuando las papas queman, es decir cuando se pone a prueba el temple de un mandatario, la buena señora brilla por su ausencia.
-No comparto -concluye José.

































