Me levanto temprano y salgo a saludar a Dios. Un remolino luminoso me encandila y aun así puedo apreciar el fondo montañoso ensamblado al puro cielo, la fronda y su frescura, los rumbos de la tierra perdiéndose en los floridos recodos de la tristeza.
Cada uno elige por donde van sus pies. Los míos tienen rastros de polvo y viento, de piedritas del río escondiéndose entre los dedos, de aguas cristalinas lamiendo mis sueños de papel.
No busco las palabras. Ellas habitan en el útero oscuro, tibio, acogedor, donde las emociones se resguardan. Remontan suavemente lo profundo. Susurran la necesidad de un cuerpo que trasmita lo que sienten. Son como yo, frágiles y ávidas de ternuras y de soles.
Las amo en ese instante en que emergen a la vida, brotando como hojas verdes sedientas de clorofila, en que bostezan descaradas como niños al despertar; con sus ansias, sus delirios, sus sentidos claros o encubiertos, sus verdades por decir.
Impregnan el paisaje de mis ojos en esa oscilante escapatoria alejándose de mí a pesar de ser tan mías. La magia del lenguaje acoplándose a la imagen, al bosque, a la naturaleza primitiva de la vida, desbordando la mujer, exterminando toda posibilidad de evitar el beso, el intenso, santo, voluptuoso, beso del poema acabando de nacer.
Entonces la renovación se completa. La aurora de la materia y el espíritu se une a la arboleda en un barullo de luz y de trinos, de versos flotando en el aire, como plumas fugándose del nido. Y el resplandor me moja la cara, catándome la risa, midiendo entre los poros, la trascendencia del soplo divino abrazando mi destino con firmeza, cada nuevo ensayo, cada nuevo intento por seguir.