Durante décadas, millones de familias creyeron que el trabajo, la educación y el esfuerzo serían el camino hacia una vida mejor. Hoy, por primera vez en generaciones, crece una pregunta inquietante: ¿y si nuestros hijos viven peor que nosotros? Cuando una sociedad pierde la confianza en el futuro, no solo se debilita la movilidad social. También comienza a resquebrajarse la estabilidad sobre la que se sostienen sus instituciones democráticas.



































