Los recientes brotes de hantavirus y ébola volvieron a instalar una pregunta que parecía haber quedado atrás tras la crisis del Covid-19: ¿está el mundo realmente preparado para enfrentar una nueva pandemia?
Mientras el mundo enfrenta nuevos brotes virales, la desinformación y las fracturas políticas complican la respuesta sanitaria global, evidenciando desafíos persistentes.

Los recientes brotes de hantavirus y ébola volvieron a instalar una pregunta que parecía haber quedado atrás tras la crisis del Covid-19: ¿está el mundo realmente preparado para enfrentar una nueva pandemia?
Aunque los especialistas coinciden en que ninguno de estos episodios tiene actualmente el potencial devastador que tuvo el coronavirus, sí representan una advertencia clara sobre la persistencia de amenazas sanitarias globales y sobre las dificultades crecientes para responder de manera coordinada.
Las escenas recientes -muertes vinculadas a un brote de hantavirus en un crucero, nuevos casos de ébola en África Central (especialmente en la República Democrática del Congo) y alertas sanitarias internacionales- despertaron inevitables ecos de los años más duros de la pandemia.
Sin embargo, el principal problema no parece ser únicamente la aparición de nuevos virus, sino el deterioro de la capacidad política y social para enfrentar estas crisis.
En algunos aspectos, el mundo está hoy mejor preparado que en 2020. La experiencia de la emergencia global permitió acelerar el desarrollo científico y fortalecer tecnologías capaces de identificar patógenos y producir vacunas en tiempos récord.
Pero al mismo tiempo, la pandemia dejó profundas fracturas sociales y políticas. La desinformación, la polarización ideológica y la pérdida de confianza en las instituciones científicas se transformaron en uno de los mayores desafíos para la salud pública contemporánea. Argentina no quedó al margen de ese escenario.
Las discusiones sobre vacunas, restricciones sanitarias y medidas preventivas evidenciaron hasta qué punto la comunicación pública de riesgos se convirtió en un componente central de cualquier estrategia sanitaria. Informar con claridad, reducir la incertidumbre y construir credibilidad social pasaron a ser tan importante como disponer de camas hospitalarias o infraestructura médica.
En este contexto, la reciente ratificación de la salida de la Argentina de la Organización Mundial de la Salud (OMS) reabrió el debate sobre el rol del país dentro de los mecanismos de cooperación sanitaria internacional.
La decisión, alineada con posiciones impulsadas previamente por Donald Trump en Estados Unidos, genera interrogantes sobre las capacidades futuras de articulación ante emergencias epidemiológicas globales.
La pandemia demostró que los virus no reconocen fronteras y que ningún país puede afrontar en soledad una crisis sanitaria de escala mundial. Sin embargo, el escenario internacional aparece hoy más fragmentado.
Las tensiones entre países ricos y pobres por el acceso a vacunas y tratamientos continúan vigentes, mientras los organismos multilaterales enfrentan crecientes dificultades para coordinar respuestas comunes.
Los efectos de esta fragmentación ya comienzan a observarse. Especialistas internacionales advirtieron recientemente sobre demoras en los sistemas de vigilancia epidemiológica y sobre dificultades para compartir información crítica frente a nuevos brotes.
La retirada de Estados Unidos de algunos espacios de cooperación sanitaria global durante la administración Trump profundizó esa tendencia y debilitó mecanismos de respuesta construidos durante décadas.
La polémica, entonces, excede el plano estrictamente médico. El desafío de las próximas pandemias también será político, comunicacional y social. Sin consensos mínimos, sin confianza pública y sin cooperación internacional sostenida, incluso los sistemas científicos más avanzados pueden resultar insuficientes.
Las crisis sanitarias del futuro probablemente no se parecerán exactamente al Covid-19. Pero sí pondrán nuevamente a prueba la capacidad de los gobiernos para comunicar riesgos de manera responsable, combatir la desinformación y sostener estrategias coordinadas en un escenario internacional cada vez más tensionado.
Porque los virus siguen circulando. Y el mundo, pese a todo lo aprendido, todavía parece discutir más cómo dividirse que cómo prepararse.
El autor es profesor investigador en la Universidad de Concepción del Uruguay y doctor en Antropología y Comunicación (URV).
Acción urgente contra el ébola (1)
La epidemia de ébola en República Democrática del Congo (RDC) y países vecinos ha causado ya 220 muertos, justificando que la OMS la declarara una emergencia de salud pública internacional. Las cifras están lejos del brote de 2014, que mató a más de 11.000 personas, pero son las peores desde 2018, cuando un brote como el actual causó 2.000 muertes.
La cepa del virus circulante (Bundibugyo) es distinta de la habitual (Zaire), lo que complica la efectividad de la vacuna y de las pruebas diagnósticas existentes. Y los recortes en la ayuda internacional, en particular por Estados Unidos, se traducen en un grave empeoramiento de los sistemas de contención del virus y atención a los enfermos.
La situación demanda una acción internacional coordinada y urgente. En ausencia de la ayuda estadounidense, que había liderado las campañas contra el ébola hasta la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, la OMS debe encabezar los esfuerzos junto a instituciones como los centros de control y prevención de enfermedades del continente africano.
Los recortes de Washington deben ser compensados por los demás países miembros de la OMS de forma inmediata, aunque solo sea de manera parcial y para adoptar medidas tan elementales como enrolar personal sanitario y comprarles los equipos adecuados de protección virológica.
La Unión Europea y Unicef han enviado esta semana 100 toneladas de ayuda, aunque repartirlas promete ser un reto ante la caótica situación política en la zona afectada, controlada por el grupo armado M23 y otro centenar de milicias.
Si el mundo aprendió una lección en la pandemia de Covid-19, es que la prioridad en la lucha contra un virus debe ser el desarrollo de una vacuna. Ya hay dos candidatos a vacuna que prometen ser útiles contra la cepa Bundibugyo, pero están paralizados a la espera de los necesarios ensayos clínicos.
Que las empresas farmacéuticas financien esas pruebas depende de que los gobiernos occidentales se comprometan a adquirir la vacuna y a distribuirla por la región africana afectada una vez que las agencias del medicamento la autoricen. Los países ricos, por tanto, tienen la principal clave para evitar una epidemia de mayores proporciones.
La cepa Bundibugyo no acaba de caer del cielo. Llevaba propagándose al menos desde abril por la provincia de Ituri, en el noreste de la RDC. Ninguna institución se dio cuenta porque los recortes habían vaciado la zona de voluntarios como los de Médicos Sin Fronteras.
El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, que visitó este martes el epicentro del brote, admite que la detección ha tardado demasiado y que ahora la epidemia "nos está superando". El precario trabajo de los sanitarios va por detrás de los contagios. En Ituri, una de cada cuatro personas necesita asistencia humanitaria, sea por ébola o por otras infecciones endémicas como el cólera.
Es hora de que los países desarrollados dejen de quejarse de los recortes de Trump y se rasquen los bolsillos para restaurar la cooperación sanitaria internacional. El ébola no es una amenaza pandémica, pero tarde o temprano llegará un virus que sí lo sea. Y así no lo vamos a parar.
(1) Nota original de El País (España), 27 de mayo de 2026.




